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Rosita

     Antes de las últimas semanas, nunca había visto de cerca a la muerte y su efecto en quienes la sobreviven. Sabía que la gente muere, por supuesto, y que quienes ven a sus seres queridos morir reaccionan con dolor y desconcierto ante el suceso. Como todos, lo había visto en películas y series, en canciones, en la vida de otros. Incluso ya había experimentado la muerte de alguien importante para mí. Fue muy diferente y no logró asentarse en mí como eso, como muerte, sino como algo más que aún no puedo definir. Mi abuelo paterno se enfermó un día y, como nunca imaginé que cabía la posibilidad de que no se recuperara, no fui a verlo al hospital. Nunca lo vi enfermo, y la próxima vez que estuve en su presencia su cuerpo no era más que una bolsita de cenizas, arena y grava. Fue como si hubiera llegado al final de un proceso que desde antemano se sabía culminaría en una desaparición repentina. No pude apreciar muy bien el efecto de su muerte en quienes le sobrevivimos, en p...

Pérdida

Me pregunto cuánto tiempo me tomará volver a expresar que el tiempo me ha despojado de algo. Dudo que me lleve mucho, porque como leí una vez, vivir se convierte en un acto constante de dejar ir. Aunque ahora tengo más de lo que jamás he tenido, las pérdidas se me han ido amontonando sobre los hombros, y de un tiempo para acá las que se han ido añadiendo son cada vez más pesadas. Como es evidente, la ausencia de algo es también una presencia. He perdido una variedad enorme de cosas, desde objetos hasta sentimientos. Todos y cada uno de ellos con su especial relevancia para mi percepción de la vida. Últimamente me ha entrado la idea de que perdí algo fundamental, lo que restaba de algo valiosísimo que creía ya haber perdido del todo. Ahora que estos últimos rescoldos parecen haberse extinguido por completo, me es evidente que existe un antes y un después, que lo que yo creí era el final resultó no serlo. Ha sido un proceso lento pero constante. Imparable también, y hasta parte de la exp...

Desmemoria

Había visto granizar pocas veces en su vida, y esta era la primera vez que veía una tormenta de este tipo desde adentro. Ver llover le daba gusto siempre, incluso a diez mil metros de altura donde el agua y la electricidad de las nubes sacuden a los aviones. Lo que pasaba era que la lluvia le recordaba a su pasado, especialmente a su pueblo que llevaba demasiado arraigado en el corazón. No perdía oportunidad de contarle a quien pudiera que el mejor clima del mundo estaba donde él nació. Ni frío ni calor la mayor parte del año, árboles frondosos meciéndose con el viento suave casi todos los meses. Ella había nacido en una ciudad desértica, y la voz arenosa que la caracterizaba no le dejaría olvidarlo jamás. Su voz sería de arena finísima, se le ocurrió, casi tan fina como la harina. Arena de cualquier manera, de lija suave. El ruido de las turbinas no le dejaba evocar con precisión el timbre de su voz, y deseó escucharla llamándolo por su segundo nombre, como lo hacía siempre, y decir...

Una compañía eterna

     El viernes se terminó el ciclo escolar para los maestros de educación primaria, lo que para mí significó volver a casa de mis papás, a la ciudad donde nací y me crié. Tal como el año pasado, tocó juntar todas mis cosas, mis pinturas, mis plantas que ahora son solo dos, mi bicicleta y mis libros y peluches. Esta vez lo hice todo sola, y quien me llevó de vuelta fue la abuela de una de mis alumnas. El camino fue mucho más corto, pero también llovió. El año pasado sentía una mezcla de incertidumbre y dolor, pero me recuerdo cantando y platicando con el hombre que tanto quería, esforzándome por ser optimista. Esta vez venía en silencio, pero con el corazón en paz, casi contento. Hace poco comencé a experimentar algo que nunca había sentido, o al menos no conscientemente. Como muchas ideas que he comprendido los últimos meses, es un concepto que peca de sencillo y que para muchos no es nada nuevo. Para mí, de cualquier manera, vino a cambiarlo todo: nunca estoy sola, siem...

Condena

“¿No piensas hacer nada para arreglarlo?” La mitad del sol que se veía arriba del asfalto les daba de frente, desentonando con la atmósfera fría dentro del carro. Llevaban las dos horas de camino discutiendo. Viajaban hacia el norte, cerca de donde ella había nacido, y la familiaridad del paisaje le caló hondo. Cuando finalmente la carretera se dividía y podía ir a su ciudad, sollozó llevándose una mano al pecho, pensando en cómo reconocía el camino, pero se desconocía a sí misma sufriendo tanto con un desconocido y con la necesidad infantil de huir a los brazos de sus papás. Pero siguieron de largo, obviamente, y al poco rato el cansancio le agotó las lágrimas. Cuando entraron a la ciudad a donde se dirigían y con la desesperación de quien necesita consuelo, le preguntó si podía tomar su mano. “¿Por qué me preguntas eso? Sabes que sí. Lo dices para hacerme quedar como el malo.” Ella comenzó a llorar de nuevo. La frustración por verse inmersa en el círculo vicioso de siempre se l...

El viento helado

El gimnasio a donde voy tiene unas ventanas enormes que me gustan mucho. Cuando me inscribí hace un mes, pensé que alcanzaría a ver el cerco de la frontera desde el segundo piso, donde están las caminadoras. El cerco no se ve, pero el cielo sí, y ese día estuvo particularmente interesante. Entre repeticiones me dediqué a contemplar las nubes invernales moverse con increíble rapidez debido al viento. Se veían esponjosas y suaves, casi como ovejas jugando carreras. Sintiéndome afortunada de poder contemplar algo así, de pronto me descubrí con los ojos llenos de lágrimas. Recordé la fecha y sentí cómo se me apretaba el corazón, y es que ese día faltaban dos para que se acabara mi interinato en la ciudad en la que llegué a exiliarme de algo que se parecía al amor. No quería llorar porque mi tiempo acá se estuviera terminando -estaré aquí todo el ciclo escolar- sino porque hace seis meses me era impensable llegar hasta este punto. Llegué a pensar que me volvería loca de dolor, que nunca vol...

Primera persona del plural en bicicleta

Frecuentemente cierro los ojos y empiezo a evocar metro por metro el recorrido en bicicleta que hacía todas las mañanas desde mi departamento hasta la escuela donde practicaba en el centro de Hermosillo. No deja de sorprenderme que recuerdo todo, el viento fresco de los primeros meses del año, la manera en que volteaba para cruzar la calle desde la banqueta del parque a la de la paletería; incluso recuerdo la locación exacta de los baches y cómo uno en específico se llenaba de unas hojitas amarillas. De los regresos lo que más destaca en mi memoria es el calor intenso que subía del asfalto y amenazaba con derretir el caucho de las llantas de mi bicicleta. Me ponía una camisa para que el sol no me quemara tanto, y aun puedo sentir el vuelo de la tela sobre mi piel pegajosa de sudor. El último de estos trayectos lo hice un día de finales de mayo, cuando se acabaron mis prácticas profesionales. Seguí recorriéndolo muchas veces más, para ir a la casa de quien era mi novio, y todas y cada u...