Condena
“¿No piensas hacer nada para arreglarlo?”
La mitad del sol que se veía arriba del
asfalto les daba de frente, desentonando con la atmósfera fría dentro del
carro. Llevaban las dos horas de camino discutiendo. Viajaban hacia el norte,
cerca de donde ella había nacido, y la familiaridad del paisaje le caló hondo.
Cuando finalmente la carretera se dividía y podía ir a su ciudad, sollozó
llevándose una mano al pecho, pensando en cómo reconocía el camino, pero se
desconocía a sí misma sufriendo tanto con un desconocido y con la necesidad
infantil de huir a los brazos de sus papás. Pero siguieron de largo,
obviamente, y al poco rato el cansancio le agotó las lágrimas. Cuando entraron
a la ciudad a donde se dirigían y con la desesperación de quien necesita
consuelo, le preguntó si podía tomar su mano.
“¿Por qué me preguntas eso? Sabes que sí.
Lo dices para hacerme quedar como el malo.”
Ella comenzó a llorar de nuevo. La
frustración por verse inmersa en el círculo vicioso de siempre se le atoraba en
la garganta.
“¿Así vas a estar todo el fin de semana?
¿Que no quieres que nos la pasemos bien?”
Inicialmente, ella sintió una oleada de
alivio. Él quería que la pasaran bien, quería que arreglara las cosas, sólo
estaba esperando a que ella hiciera algo. Luego, esa voz que le hablaba
cada vez más seguido, le susurró algo: ¿por qué tienes que arreglarlo si la
que lleva llorando dos horas y quería saltar del carro hace una eres tú? Por
lo general estaba de acuerdo con la voz, pero la de él sonaba más fuerte.
“No puedes pedirme que esté bien todo el
tiempo después de lo que hiciste.”
Eso le dijo cuando se atrevió a preguntar
por qué estaba tan callado después de echar gasolina antes de salir. Pensar en
el hubiera era como un refugio. Si tan solo no hubiera respondido a ese
mensaje, o si no hubiera borrado la conversación para que él viera que no había
nada de malo en ella. Siempre eran cosas sencillas, y pensar en el momento
antes de haberlas hecho la llenaba a la vez de impotencia y tranquilidad.
Impotencia porque no podía volver atrás, naturalmente, y tranquilidad porque el
error había sido pequeño y podría arreglarse fácilmente. Bastaría con
asumir la culpa y pedir perdón. Luego la voz intervenía de nuevo: ¿la culpa
de qué? Sabes que no hubo nada malo en esa conversación. Pero la voz de él
era más fuerte.
“¿No piensas hacer nada para arreglarlo?”
Ante la pregunta, se imaginó en su pecho
esa noche, susurrándole decenas de te amos a sus labios helados y a esa lengua
afilada que siempre se apuraba en corresponderle. Aunque le pesaba saber que se
traicionaba a sí misma era como si no pudiera evitarlo, como si su voz nunca
encontrara la fuerza necesaria para hacer hablar a su corazón con sinceridad.
Guardó silencio, sobrecogida por el peso de su decisión, y le dijo que fueran a
comer. Mientras picoteaban la ensalada ella intentó hacerle preguntas y, cuando
le sacó la primera risa, le pidió perdón. Él accedió y el telón de indiferencia
se levantó de su cara. Salieron del restaurante de la mano, todo estaba bien
otra vez.
“¿Ves? ¿Qué te costaba intentar arreglar
las cosas?”
Era humillación en su grado más puro,
encajarle las uñas a la piel ya de por si lacerada. Ella lo sabía y aceptaba el
dolor de cualquier manera, no era la primera vez. ¿Por qué habría de arruinar
el equilibrio recién restaurado con un berrinche? La voz ya no le
hablaba. A veces se rendía durante mucho tiempo, sabiéndose incapaz de
sobreponerse a la de él. O porque sabía que no sería escuchada por más que
gritara. La voz fue inexistente mientras se tomaban fotos en el espejo del
hotel y cuando estuvo sola viendo su presentación, sobre todo cuando en el
camino de regreso reían, se besaban y hablaban de las canciones que venían
sonando. La voz de él, al menos ese fin de semana, había ganado de manera tan
aplastante que ya no habría competencia. Todo estaba bien otra vez.
De pronto comenzó a verse una columna de
humo más adelante. Entre más se acercaban el aire se tornaba de un color más
rojizo, hasta que alcanzaron lugares donde el fuego ya había arreciado. Los
matorrales y los árboles estaban carbonizados, algunos aun ardiendo de manera
silenciosa. La cortina de humo se extendía sobre la carretera, haciendo
imposible mirar del otro lado. Las llamas se alzaban a los lados, como si
fueran a alcanzar el carro. Ella le apretó la mano que no le había soltado en
todo el camino. Se dieron cuenta que pronto tendrían que atravesar la parte más
densa del incendio.
“¿Por qué nadie hace nada?”
Él desaceleró sin responder. Durante unos
diez o quince segundos no se vio nada más que humo alrededor, los rostros de
ambos pintados de un asombro que resplandecía con una tonalidad ambarina. Las
llamas no los alcanzarían, pero el sentido de peligro los hizo guardar un
silencio pesado. El lento girar de las llantas le añadía dramatismo a la
escena, como si fuera una película de terror de las que les gustaba ver. Ella
recurrió a imaginarse el alivio que sentiría al atravesar el humo para soportar
esos diez o quince segundos que, aunque no son tantos, parecen eternos cuando
se siente un miedo tan intenso. Luego, como si nada, alcanzaron el otro lado.
Ella soltó el cuerpo y lo miró. Rieron juntos al verse los gestos sorprendidos,
sabiendo que ambos estaban pensando en la inverosimilitud de la situación.
Había terminado de atardecer y el cielo comenzaba a pintarse de negro. Las
luces de los otros carros que hacían fila para entrar a la ciudad les dieron la
bienvenida. Bajaron las ventanas para respirar el aire libre de humo,
sintiéndose afortunados. Todo estaba bien otra vez.
Creyó oír algo, tal vez la misma voz
advirtiéndole que la calma no duraría más de otro fin de semana. Lo sabía, pero
no quiso oírla. Ya le había escuchado decir eso muchas veces antes. En su
lugar, escogió oírlo cantar Persiana Americana. También cantó con él
cuando terminó el coro.
Es una condena agradable
El instante
previo
Es como un
desgaste
Una
necesidad
Más que un
deseo
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