Desmemoria
Había visto
granizar pocas veces en su vida, y esta era la primera vez que veía una
tormenta de este tipo desde adentro. Ver llover le daba gusto siempre,
incluso a diez mil metros de altura donde el agua y la electricidad de las
nubes sacuden a los aviones. Lo que pasaba era que la lluvia le recordaba a su
pasado, especialmente a su pueblo que llevaba demasiado arraigado en el
corazón. No perdía oportunidad de contarle a quien pudiera que el mejor clima
del mundo estaba donde él nació. Ni frío ni calor la mayor parte del año,
árboles frondosos meciéndose con el viento suave casi todos los meses.
Ella había nacido en una ciudad desértica,
y la voz arenosa que la caracterizaba no le dejaría olvidarlo jamás. Su voz
sería de arena finísima, se le ocurrió, casi tan fina como la harina. Arena de
cualquier manera, de lija suave. El ruido de las turbinas no le dejaba evocar
con precisión el timbre de su voz, y deseó escucharla llamándolo por su segundo
nombre, como lo hacía siempre, y decirle que tenía la voz más reconocible que
había escuchado jamás.
Las luces del tablero parpadearon. Miró al
capitán, que le sonreía para transmitirle tranquilidad. Volvió la vista al
frente y casi pudo asegurar que alcanzaba a ver el punto exacto donde se
acababa la tormenta. Supo que todo el incidente no pasaría de unas cuantas
miradas desaprobatorias por las turbulencias, pero eso se podía evitar si no
salía de la cabina hasta que todos hubieran dejado el avión. Se presionó los
ojos y lo asaltaron imágenes de la misma mujer, reclamando de nuevo el lugar
que llevaba toda la noche acaparando en su pensamiento. Casi pudo sentir la
redondez de su boca, aquella boca que se extendía de una manera tan agradable
cuando sonreía, su nariz de botón estirándose unos milímetros. Cuando ella lo
contactó otra vez le escribió un correo precioso, donde le preguntaba si nunca se
sentía solo. Con toda sinceridad le contestó que no, que le gustaba estar solo,
pero que sí se sentía lejano en ocasiones.
Sintió un hueco en el estómago, pero no
supo identificar si era el miedo o por un hambre añeja de doce horas. Intentó recordar
si traía una bolsita con nueces dentro de su maletín. A ella le gustaban las
nueces, una vez le había contado que su abuelo le regalaba nueces cada vez que
lo visitaba. Sus pensamientos se vieron interrumpidos porque un relámpago lo
dejó ciego por casi cinco segundos. Lo tomó como una señal para dejarse de
ensoñaciones. Estaba recobrando la vista cuando escuchó el trueno retumbar casi
al mismo tiempo que las exclamaciones de sus pasajeros. Después aterrizaron sin
problema, o así lo recordaba, aunque después de eso habían transcurrido al
menos cuarenta y cinco minutos más de vuelo.
Ya antes le había pasado esto, olvidar
incluso horas enteras. Le echaba la culpa al sueño y al hambre, y esta vez no
dudó en culpar también a la tormenta. No dudaba de haberse sentido desorientado
ahí entre las nubes cargadas de electricidad. Recordaba haber sentido la mirada
del capitán clavada en sus maniobras, que terminó por impacientarse con él.
Seguro era eso, y cuando se fue a dormir se le ocurrió que quizás al despertar
habría recuperado los recuerdos que le faltaban. Siempre había percibido al
sueño como una oportunidad de renovación mental, una manera de cambiar
sentimientos e ideas. Pero no siempre lograba dormir bien. Le deprimía ser
inmune a cuanto remedio natural para dormir que le habían recomendado, y había
terminado por rendirse y por aceptar todas sus horas en vela. Evitaba a toda
costa los artículos que hablaban de las consecuencias negativas de no dormir
bien, pues le temía especialmente a la demencia. ¿De qué serviría vivir tanto
si se terminara por olvidarlo?
Las sábanas del último hotel donde la había
visto eran más suaves, pero quizás era su compañía lo que había hecho que se
sintieran así. Cuando ella estaba en el cuarto incluso soñaba. La última vez
soñó que jugaba con sus amigos de la infancia en una calle desconocida. Escucharla
existir a su lado era una de las pocas cosas le aceleraba la llegada del sueño.
Por lo general ella aprovechaba para meterse a bañar, dejando correr el agua
caliente de los hoteles por más de quince minutos. Siempre estaba dormido para
cuando salía del baño, y nunca se daba cuenta de cuando ella, con una toalla en
la cabeza, lo observaba dormir con la mirada llena de ternura.
La inquietud del corazón lo despertó unas
horas después. Asumió que era porque había tenido una pesadilla, pero tampoco
podía recordarla. Cerró los ojos y lo asaltó la visión del granizo chocando
contra el parabrisas. Incluso volvió a sentirse aturdido por el ruido del motor
ahogado por el del hielo contra el vidrio. Intentó sin éxito recordar qué había
pasado después de que el trueno lo aturdiera. Su incapacidad para recordar le
dejó un gusto amargo en la boca que intentó conciliar volviendo a pensarla.
La última vez que se vieron, hacía casi
cuatro meses, ella había llorado después de tener sexo. No comprendió el
porqué, pero no debió haber sido nada porque a las horas estaba tan feliz como
siempre. Terminó por olvidarlo, pero de pronto relacionaba la tormenta con su
llanto. Sus lágrimas se estrellaban en la colcha naranja, lo recordaba bien. Verla
llorar le provocaba una sensación muy específica en el cuerpo, algo así como un
temblor eléctrico debajo de la piel. No había llorado nunca antes, ni siquiera
cuando se despedían. Esa primera vez pensó que quizá lo que creía reverberar
debajo de la piel era la culpa. Ella olía a ropa salida de la secadora y a
perfume. No le gustaba tanto, le provocaba una sensación extraña en el fondo de
la garganta. Si tan solo oliera y supiera a algo diferente. Luego volvió a
quedarse dormido.
Cuando despertó lo primero que hizo fue
corroborar que no le había llamado mientras dormía. Entre sueños lo presentía.
Siempre la sabía lejos físicamente, pero ahora la sentía lejana. Hacía
rato que había amanecido, y la luz del día dibujaba un marco blanco alrededor
de la ventana. La primera vez después de que ella volviera habían dormido con
las cortinas abiertas. Notó que a ella le pareció extraño que abriera las
cortinas de noche, pero que no se quejó. No se quejaba seguido, ¿era porque no
le importaba? Ya antes se había marchado de pronto con alguien más. Tal vez lo
había hecho de nuevo y por eso ni siquiera había respondido a su último
mensaje. Arrugó la nariz en un gesto de asco. Le enfermaba pensarla con alguien
más y no sabía por qué. No la quería para él, al menos no como ella pensaba. Las
piezas no terminaban de encajar, por más que le gustara sabía que esa no era la
mujer indicada, pero no iba a decírselo nunca. Se daría cuenta, era lista, y
entonces ella lo dejaría sin necesidad de discursos falsos.
Se levantó de la cama revuelta y fue al
baño. Prendió la televisión para sentirse acompañado y dejó que el ruido de la
regadera le ordenara los pensamientos y los pendientes. No llamaba a su mamá
desde hacía tres semanas. No lo inquietaba tanto como se esperaría que el
tiempo se fuera tan rápido. En ocasiones descubría que semanas habían pasado
sin que fuera consciente de ello. Como casi nunca sabía en qué día vivía,
llegaba a olvidar sus cumpleaños hasta que alguien se lo recordara con una
felicitación. Cuando se lo contó a ella, añadiendo que esta cuestión lo tenía
sin cuidado, no pudo creerle. No se explicaba que alguien pudiera olvidar su
cumpleaños, o que, más increíblemente, no le importara que el tiempo se
escapara sin vivirlo de verdad. Al imaginarlo comiendo solo o yéndose a dormir
a horas inconvenientes sentía una enorme lástima por él, pero nunca se lo
decía. Tampoco le decía que lo que más le preocupaba era la indiferencia con la
que veía su vida consumirse.
Observaba el agua estrellarse en sus pies
cuando recordó que tenía que revisar si había olvidado pagar la tarjeta de
crédito. Entre sus pendientes estaba comprarle los boletos de avión a aquella
mujer con la que salió durante el año en que ella desapareció. Esta otra mujer era
diferente, más callada y tranquila. Siempre que se imaginaba con una mujer se
había imaginado con alguien así, parecida a él en todo lo que consideraba
importante. Cuando estaba con ella era como si el pasado fuera un sueño difuso,
no sucesos que en realidad habían ocurrido. Su aura ingenua lo purificaba todo
y eso a él le encantaba, pero lo invadía la angustia cuando al regresar a su
casa anhelaba volver a sentir las uñas largas de quien había desaparecido de un
día para otro.
El teléfono vibró contra la porcelana del
lavamanos haciendo un ruido que recordaba al invierno. Estiró el brazo casi
seguro de que era ella quien llamaba. Siempre le hablaba cuando estaba en la
regadera, parecía que esperaba a que no pudiera contestarle para llamarlo. Incontables
veces había dejado el teléfono vibrar con su nombre en la pantalla, pero esta
vez sí quería contestar. Pensó en lo desagradable que a veces le parecía su
acento y vio que no era ella quien llamaba.
Sintió una punzada de decepción al escuchar
la voz de un compañero piloto con el que había quedado para ir a comer. Le
preguntaba si estaba bien, y se apresuró a contestar que no le había respondido
los mensajes porque había llegado agotado al hotel. Le dijo que no se refería a
eso, sino al accidente. Se sintió la cara transfigurada por la perplejidad.
Escuchamos la grabación y conocimos tu voz, dijeron que la tormenta estuvo muy
fuerte. ¿Cómo te fue aterrizando en el otro aeropuerto? Normal, le dijo, todo
está bien, y se apresuró a preguntarle sobre otro tema. Luego le dijo que le
mandaba mensaje cuando saliera de la regadera. Su compañero se quedó tranquilo.
Cuando le colgó sintió que un nudo se le
formaba en el pecho. Inmediatamente pensó en la hora que se había borrado de su
memoria como por arte de magia. Parecía que había pasado muchísimo tiempo, pero
no habían pasado ni siquiera veinte horas desde entonces. Sintió el cerebro
lleno de vapor y se vio la mano contra el vidrio empañado. Creyó que no
recuperaría el ritmo de los pulmones, pero su respiración fue calmándose
lentamente. El agua, que había subido de temperatura de repente, le hizo
recobrar la consciencia por completo.
Le gustaba bañarse con ella aunque le
gustara el agua demasiado caliente. Su cuerpo le encantaba y constantemente
pensaba en la primera vez que la vio desnuda. Después la imaginaba así, un
cuerpo hermoso esperándolo cuando regresara a casa, pero la idea misma de
compartir para siempre su espacio con alguien -con ella- le causaba rechazo. Para
él, su cuerpo pertenecía a un museo, un objeto diseñado para ser admirado y
tocado incluso, pero nunca para llevárselo a casa.
Intentó averiguar qué había pasado la noche
anterior. Aun sin noticias de ella. Quería contarle, preguntarle si sabía algo.
¿Por qué habría de saber? Raramente se quedaba muda ante sus preguntas, siempre
sabía qué decir. Eso le gustaba. Terminó por encontrar una nota en internet que
explicaba cómo a un avión de su aerolínea se le había quebrado un parabrisas,
solo una grieta, y cómo por eso habían tenido que aterrizar antes de lo
previsto en otro aeropuerto. Adjuntaban un audio. Casi con miedo lo reprodujo y
escuchó su propia voz reportando la emergencia. Pensó en hablar en voz alta
para corroborar que tenía la misma voz que la del piloto del audio, pero sabía
que era su voz, era él. No se escuchaba asustado, ni siquiera intranquilo.
Sabía que en esas ocasiones debía estar especialmente sereno, pero aun así se
sorprendió ante la voz robotizada.
Volvió a subir al título de la noticia y
vio que la fecha de la nota estaba adelantada por dos años. El corazón le latió
en todo el cuerpo y los dedos le temblaron al escribir su número de teléfono.
Cuando le contaba sus preocupaciones se reía con él o lo aconsejaba, aunque no
se lo hubiera pedido. La operadora le respondió que la marcación era incorrecta
o que el número no existía. Buscó su nombre en los mensajes de su teléfono y no
pudo encontrarlo. Se miró el cuerpo, cada una de sus extremidades, el cuello y
la boca, como buscando alguna señal de que ella había estado ahí. Con un pánico
agolpándosele detrás de los ojos sacó todo de su maleta buscando un dibujo que
ella le había dado. Siempre lo cargaba con él. Era una pintura del mar, una
foto que él le había mandado. La halló descolorida y arrugada en el fondo de la
maleta, con fecha y firma de cinco años atrás. No iba a salir corriendo a
preguntarle la fecha a un desconocido, como en las películas. A ella no le
gustaban las películas de ciencia ficción, recordaba el momento exacto en que
se lo había dicho.
Luego, con la calma que había recolectado
en todos sus años inconscientes, asumió que había cambiado de número o que lo
había bloqueado porque se había ido con otro, y salió a ese mundo que se le
había adelantado dos años en una noche. ¿Habría liquidado la tarjeta de crédito
en ese tiempo? Culpó a la tormenta y olvidó el asunto. Para cuando estaba
leyendo el menú en el restaurante, ya la había olvidado a ella también.
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