Rosita

    Antes de las últimas semanas, nunca había visto de cerca a la muerte y su efecto en quienes la sobreviven. Sabía que la gente muere, por supuesto, y que quienes ven a sus seres queridos morir reaccionan con dolor y desconcierto ante el suceso. Como todos, lo había visto en películas y series, en canciones, en la vida de otros. Incluso ya había experimentado la muerte de alguien importante para mí. Fue muy diferente y no logró asentarse en mí como eso, como muerte, sino como algo más que aún no puedo definir. Mi abuelo paterno se enfermó un día y, como nunca imaginé que cabía la posibilidad de que no se recuperara, no fui a verlo al hospital. Nunca lo vi enfermo, y la próxima vez que estuve en su presencia su cuerpo no era más que una bolsita de cenizas, arena y grava. Fue como si hubiera llegado al final de un proceso que desde antemano se sabía culminaría en una desaparición repentina. No pude apreciar muy bien el efecto de su muerte en quienes le sobrevivimos, en parte porque era muy joven y también porque sus deudos éramos solamente cuatro: mi papá y su hermana, mi hermano y yo. No tengo contacto con mi tía, y mi papá y mi hermano son hombres herméticos. Estoy segura de que mi papá ha vivido un duelo largo y significativo, pero siempre internamente.

    Esta vez, por el contrario, la experiencia de la muerte fue colectiva, brillante y atronadora. No hubo más remedio que absorber sus constantes golpes, pero también su cobijo. Cuando veía a mi manina en sus últimas dos semanas de vida nunca tuve dudas, siempre supe que se estaba muriendo. No sabía cuándo la muerte asestaría su golpe final, pero sabía que el viaje de mi manina estaba llegando a su inevitable fin. Desde hace tiempo había desarrollado esa manera de interactuar con ella. Muchas veces pensaba en que esa sería una de mis últimas fotos con ella, por ejemplo, o de las últimas veces que podría recostarme en su pecho. Aunque todos estamos muriendo siempre, con ella lo tenía asumido. Desde muy pequeños se nos enseña que a los ancianos les queda poco tiempo, y seña inequívoca de eso son las manchas de vejez en las manos, el paso lento y las enfermedades. Yo lo sabía desde hacía mucho tiempo, y de alguna manera eso amortiguó el dolor y la impresión. De cualquier manera, no podía —ni puedo, aún— asimilar que le sucedió a ella, a mi familia, a mí. Llevo años leyendo sobre duelo y del amor que se transforma en dolor, y aun así se me dificulta aceptar que viví todo lo que pasó estas últimas semanas.

    La muerte de alguien es una muestra palpable del paso del tiempo. Con la muerte de mi manina me quedó claro que hace mucho dejé de ser una niña, y que, más aún, desde hace tiempo soy yo la única persona que tiene poder sobre mi vida. Puesto así suena liberador, pero la realidad es que se trata de lidiar con la soledad infranqueable que me separa de cualquier otro ser humano. No hay seres más grandes y poderosos que puedan protegerme, y no porque no quieran, sino porque, simplemente, no existen. No existe nadie que sepa exactamente cómo ayudarme, ni nadie que sepa cómo vivir, ni siquiera quienes concebía como personas serenas, sabias y generosas. Todos estamos indefensos ante las cosas más horribles e inevitables de la vida. Todos esperamos una mano amiga, un consejo sabio que nos brinde consuelo. Ya formo parte de ese grupo que sufre y desea alivio, pero que también debe intentar brindarlo. Probablemente cuando asumí que mi manina estaba envejeciendo fue el momento exacto en que me uní a esas filas de conocedores tristes, el inevitable momento en que dejé de ser tratada como una criatura ignorante pero tierna.

    Sé que mis papás, los seres que hasta no hace mucho veía como omnipotentes, no querían verme triste por mi manina, pero se enfrentaron a la imposibilidad de ahuyentar la tristeza de mi corazón. Al principio creía poder hacer eso por mi mamá. Creía que, de alguna manera y si me esforzaba lo suficiente, podría aligerar su dolor por haber perdido a su mamá. Claro que yo no soy la excepción y también yo soy incapaz de borrar la desdicha. La realidad es que todos estamos solos con lo más profundo y terrible de estos sentimientos. Lo único que podemos hacer es acompañarnos y continuar viviendo. ¿Cuándo y cómo? Eso tampoco nadie lo sabe con exactitud, a pesar de todo lo que se ha dicho y escrito de la muerte, a pesar de su presencia eterna en todo lo que existe. Uno esperaría que el reloj se detuviera por lo menos un ratito, que sucediera algo fuera de lo común para marcar el final de una vida. Pero no pasa nada. Hay que seguir trabajando, cocinando, riendo, haciendo trámites, incluso sufriendo por otras cosas. El sol sigue saliendo, la gente sigue siendo tan buena o mala como antes. Nada sucede y, sin embargo, nada es igual. Todo estará marcado por esta pérdida de la inocencia, por esta nueva dureza que se va a ir haciendo parte de mí.

    Me pregunto a dónde se fue todo ese amor que mi manina me expresó siempre, hasta el final de su tiempo consciente. Sé donde está el mío —en mis lágrimas, en mi pecho, en lo que escribo— pero, ¿y él que ella sintió por mí? En su funeral, cuando la estábamos velando, llovió fuerte. Hacía más de un año que no veía llover. ¿Estaba su amor en esa lluvia de verano que por unos minutos prometió acabar con la sequía?

 

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