El sargazo de junio

    
        Hace unos días mi novio y yo fuimos a la playa para celebrar que llevamos un año juntos. La humedad, la sal y la arena hacen que la playa no sea su lugar predilecto. Yo, por otro lado, siempre voy al mar en búsqueda de algún conocimiento o revelación
o más bien, siempre estoy en esa búsqueda, y siento que en lugares así es más fácil encontrar algo. Mucho se ha dicho sobre la belleza del mar, lo impresionante que resulta su vastedad y su misterio. Todos y cada uno de los atardeceres en la playa que he visto a lo largo de mi vida han logrado conmoverme hasta lo más profundo del corazón, y procuro guardar imágenes mentales exactas de ellos para volver a verlos con los ojos cerrados siempre que quiero. La playa y el mar, obviamente, son muy especiales para mí, pero el domingo pasado me sentí muy decepcionada. Desde que estábamos comiendo en la terraza del restaurante me percaté de que el agua tenía un color extraño. Estaba verdosa, agitada, y a lo lejos se veían franjas cafés, como si hubiera líneas de lodo en el agua. Después de comer nos fuimos a la playa, y para cuando quisimos meternos al mar las franjas marrones estaban cerca de la orilla. Eran algas, muchísimas —el llamado sargazo— que se nos enredaban en los brazos y en las piernas cuando intentábamos movernos en el agua. Lo que me gustaba de esa playa es que el agua suele ser clara y puedes ver el fondo, pero esta vez apenas podía ver mi cuerpo a través de una película de algo parecido al polvo.

            No duramos mucho dentro del agua, y mejor nos sentamos en la arena a esperar que bajara el sol. Al principio estábamos solos, pero conforme fue avanzando la tarde llegaron tres familias. La que parecía ser la abuela de una de ellas se mostró decidida a entrar al mar, y la observé disfrutar el agua durante un rato. La señora se mojaba la cabeza y el rostro con el agua aparentemente sucia, cosa que yo evité a toda costa pues lo que más me preocupaba era que se me enredara una de esas plantas en el pelo. Ella, de cualquier forma, se zambutía una y otra vez, salía del mar, se sentaba en una de esas sillas de tela que se doblan, y después de un rato volvía a entrar al agua con el mismo entusiasmo. Sentí algo parecido a la envidia, incluso un pinchazo de culpa por no estar disfrutando tanto como ella.

            Después, vi a otra señora y uno de sus acompañantes disfrutar del agua sin todos los miramientos que yo había tenido. Ella estaba dentro del agua hasta el cuello, y el que parecía su esposo estaba paseando en un kayak especial para el mar. Se veían muy felices, y cuando el kayak se volteó con su capitán encima, rieron y jugaron a pedir auxilio. Comencé a tener la sensación de que todos eran felices menos yo, y después de recriminármelo un rato un sentimiento de tranquilidad empezó a invadirme. Al fin y al cabo, ni mi novio ni yo ni nadie teníamos la culpa de que el mar estuviera lleno de sargazo, y mucho menos teníamos la capacidad de cambiar la situación de manera inmediata. Entonces lo olvidé. De todas maneras, el clima era bonito y no podría tener mejor compañía.

            Cuando la arena estaba cubierta por la sombra de las casas, llegó un pescador. No lo había visto hasta que mi novio y yo fuimos a pararnos sobre un muelle de concreto donde se estrellaban las olas. Mientras nos mojábamos los pies, el pescador caminó hacia nosotros y nos pidió permiso para arrojar su red desde el extremo del muelle. Nos apartamos y mientras lo veía mi novio sugirió quedarnos para hacerle preguntas. Lo interrogó acerca de la pesca, de cuánto tenía que esperar para atrapar peces y cuántas veces a la semana lo hacía. Nos dijo que pescaba cada fin de semana, y que, aunque quisiera hacerlo todos los días, no podía porque vivía en un campo no muy cercano. El señor nos explicó que aquella hora de la tarde era especial para atrapar peces porque a esa hora “salían a cenar” y que, si no atrapaba nada, “sería un hombre de muy mala suerte”. Nos quedamos esperando a que sacara la red, los tres emocionados mientras la sacaba del agua. Pero estaba vacía, no había nada más que algas entre los cordeles. Sin dejar de sonreír, nos dijo que había que hacerlo una vez más. Cuando arrojó la red extendida hacia el otro lado, le pregunté acerca de lo que me había estado preocupando toda la tarde

¿Usted sabe por qué esta sucia el agua? — le pregunté sabiendo que él tendría la respuesta.

Sí, es por el sargazo— me explicó mirando hacia el mar. —En junio el agua se pone así porque entre abril y mayo el sargazo se desprende y viene a parar hasta acá. Si te fijas, en la orilla ya se ve sargazo.

            Era verdad. Yo esperaba que, en el transcurso del día, todo el sargazo llegara a su destino, se quedara en la arena y el agua volviera a ser limpia. Esto, por supuesto, no pasó. Inmediatamente después de explicarme esto, dijo sonriéndome:

De todas maneras, la playa está bien bonita.

Ante su entusiasmo y su profundo amor por el mar, no me quedó de otra más que estar de acuerdo. Le pregunté al pescador si eso del sargazo era normal. Después de todo, yo nunca lo había visto y pensaba que era exclusivo de las playas del Caribe. Me dijo que sí, que cada año sucedía. Cuando mi novio le preguntó cuánto duraba este fenómeno, nos dijo que entre dos o tres días. Luego volvió a sacar una red sin peces.

Habrá que esperar unos quince minutos, este es el tiempo ideal para sacar peces— reiteró. —Hay que tirar una piedra, porque los peces se asustan y se van, pero luego regresan para ver que pasó en el barrio—dijo riendo.

            Le deseamos la mejor de las suertes y nos retiramos del muelle. Cuando íbamos a medio camino, un niño le preguntó si había atrapado algo.

No mijo. Hay que esperar unos quince minutos, ¿bueno?

            Nosotros seguimos mojándonos los pies mientras él se sentó a contemplar el cielo y el mar, con la red vacía y expectante descansando en la arena. No parecía sentirse impaciente. No se le veía incómodo. Simplemente, había que esperar quince minutos para volver a intentarlo.

            Después de eso y de pensarlo un poco, me quité la toalla de encima y volví a meterme al mar, esta vez sola. Me metí hasta el cuello, aunque seguí sin mojarme el pelo. Con mis dedos apartaba las franjas marrones y me dediqué a apreciar cómo el agua fresca envolvía mi piel. Después de unos minutos, fue igual de bonito a todas las otras veces que me he metido al mar. Ya estaba atardeciendo y la luna plateada comenzaba a alzarse sobre las montañas que se habían teñido de morado. Como parte del paisaje, estaba el pescador echando su red, una y otra vez. En todo el tiempo que estuve ahí, no vi que atrapara algún pez. Pero estoy segura de que no le importó, y de que el siguiente fin, haya sargazo o no, volverá para apreciar la belleza de la playa y para esperar todos los quince minutos que hagan falta.

(El pescador es la pequeñísima motita blanca que se ve a la izquierda, a un lado del tanque blanco.)

 

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