Una compañía eterna

    El viernes se terminó el ciclo escolar para los maestros de educación primaria, lo que para mí significó volver a casa de mis papás, a la ciudad donde nací y me crié. Tal como el año pasado, tocó juntar todas mis cosas, mis pinturas, mis plantas que ahora son solo dos, mi bicicleta y mis libros y peluches. Esta vez lo hice todo sola, y quien me llevó de vuelta fue la abuela de una de mis alumnas. El camino fue mucho más corto, pero también llovió. El año pasado sentía una mezcla de incertidumbre y dolor, pero me recuerdo cantando y platicando con el hombre que tanto quería, esforzándome por ser optimista. Esta vez venía en silencio, pero con el corazón en paz, casi contento.

Hace poco comencé a experimentar algo que nunca había sentido, o al menos no conscientemente. Como muchas ideas que he comprendido los últimos meses, es un concepto que peca de sencillo y que para muchos no es nada nuevo. Para mí, de cualquier manera, vino a cambiarlo todo: nunca estoy sola, siempre estoy conmigo. Aunque toda la vida he tenido la necesidad de estar sola a ratos, no dejaba de querer compañía casi todo el tiempo. Una compañía que ocupara todo, que no dejara casi espacio para mí. Me gustaba hacer actividades por mi cuenta, pero también me gustaba saber que alguien me esperaba al regresar, o que acudiría al rescate si de repente me sentía sola o triste.

Desde que este sentimiento nuevo surgió en mi mente, no importa la compañía o el lugar, porque estoy conmigo. Eso significa que estoy segura y que, incluso, puedo pasármela bien aunque no conozca o no me agraden las personas con las que estoy. ¿Quién me conoce mejor que yo, lo que necesito y no me gusta? ¿Quién siempre está ahí y es quien ha resuelto casi todos mis problemas? La respuesta es lógica, pero la verdad es que no lo comprendí hasta hace poco tiempo, y tuvieron que pasarme cosas terribles para entenderlo.

Mi terapeuta alguna vez me dijo que en ese momento sentía dolor por haber terminado una relación, pero que la realidad era que esta había sido, de cierta forma, la gota que rebasó el vaso de todas aquellas cosas que yo traía arrastrando. No eximo de culpa a quien se aprovechó sistemáticamente de mis debilidades, pero comprendo que todo esto tuvo que pasar para que yo entendiera la idea que intento explicar en esta entrada. Para nunca sentirme sola, primero tuve que sentirme despojada de lo que para mí era todo: mi relación y la ciudad donde vivía. Tenía todo lo demás -mi carrera, mi familia, mis amigas, a mí misma- pero el problema era que no lo veía. Entonces la vida, literalmente de un día para otro, me arrebató lo que más quería, y a mis ojos me quedé vacía. La incapacidad constante para respirar se sentía como un hueco en mi futuro y en mi pecho. Entonces, en ese espacio yermo y vacío, no quedó otra más que reconstruirme.

Tampoco ocurrió de la noche a la mañana, ni de manera lineal. Aun tengo días en que lloro por lo mismo, en que el estómago se me hace nudos por la misma razón de hace seis meses o un año. De cualquier manera, son siempre más los momentos buenos, porque después de haberme recuperado de algo tan doloroso, me tengo una profunda confianza para atravesar lo que sea que se me presente. La plenitud que siento ahora es diferente, algo que nunca había imaginado, y si me hubieran contado de cómo sería mi vida hace un año, no podría entender cómo teniendo menos podría sentirme mucho mejor.

Incluso en los días que yo recuerdo casi insoportables, escribía cosas optimistas en mi diario. Alguna vez escribí que el amor no podía morir, que solo transmuta y cambia de destinatario. Se que no lo sentía de verdad cuando lo escribí, pero al leerlo hoy no puedo evitar conmoverme ante mis esfuerzos por consolarme. Me convencía de que todo tendría sentido algún día, que si resistía solo un poco más pronto comprendería todo. El dolor que sentí por meses invariablemente me cambió para siempre, pero también es verdad que sí llegó el día en que comencé a entender todo. También es verdad que el amor nunca muere y que es posible cambiarlo de destinatario. Poco a poco, aprendí a dirigir a otros lugares todo el amor que se me quedó desocupado y pesándome en el cuerpo. En una de las entradas de mi diario me preguntaba si sería posible sentir el corazón en pleno uso sin el amor romántico. Descubrí que sí, que el corazón puede colmarse de un amor puro gracias a casi cualquier cosa, por cualquier gesto de ternura o amistad, de propósito. Sobre todo, ahora me consta que es posible proyectar sobre uno mismo todo el amor que se sintió por alguien más. Esa es quizás la única cura para el desamor, y hace falta vivirlo para comprenderlo y absorberlo en toda su profundidad. Yo había escuchado esto mil veces, pero experimentarlo fue totalmente diferente.

Lloré todos los días sin falta desde septiembre del año pasado hasta febrero de este. No dejo de sentir que no encuentro las palabras para describir la desesperanza que me invadió todo ese tiempo. El proceso de entregarle mi vida entera a alguien solo para ver cómo lo descartaba de un día para otro, de reconocerme como víctima de quien juraba amarme y de aceptar todo lo que pasó para poder resignarme, terminó por agotarme por completo, me revolvió la cabeza por meses y no dejó espacio para nada más. Sé que siempre recordaré mis primeros meses de servicio docente así, como una mancha de dolor indescriptible que me tenía paralizada. Creo que es lo que más me lastima, la sensación de haber perdido el tiempo, de no haber vivido ciertas cosas como yo había imaginado. Aunque sé que soy diferente como consecuencia directa, ahora que todo esto terminó es casi como si no hubiera pasado. Desde la tranquilidad del presente casi no entiendo cómo es que pude resistir todo aquello. Sólo ahora sé que lo logré porque nunca estuve sola. Siempre me tuve a mí.


Dedico esta entrada a todas las personas que estuvieron conmigo estos meses, en especial a ti Jossy. Te quiero siempre.

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