El viento helado

El gimnasio a donde voy tiene unas ventanas enormes que me gustan mucho. Cuando me inscribí hace un mes, pensé que alcanzaría a ver el cerco de la frontera desde el segundo piso, donde están las caminadoras. El cerco no se ve, pero el cielo sí, y ese día estuvo particularmente interesante. Entre repeticiones me dediqué a contemplar las nubes invernales moverse con increíble rapidez debido al viento. Se veían esponjosas y suaves, casi como ovejas jugando carreras. Sintiéndome afortunada de poder contemplar algo así, de pronto me descubrí con los ojos llenos de lágrimas. Recordé la fecha y sentí cómo se me apretaba el corazón, y es que ese día faltaban dos para que se acabara mi interinato en la ciudad en la que llegué a exiliarme de algo que se parecía al amor. No quería llorar porque mi tiempo acá se estuviera terminando -estaré aquí todo el ciclo escolar- sino porque hace seis meses me era impensable llegar hasta este punto. Llegué a pensar que me volvería loca de dolor, que nunca volvería a ser feliz y que nunca conocería la paz de nuevo, que estaba condenada a cargar el peso de una ausencia irresoluble. Lloré constantemente durante estos seis meses en prácticamente todos los lugares donde estuve: la escuela, los dos departamentos donde he vivido, la central de autobuses, en tiendas, en todos los rincones de la casa de mis papás, en fiestas y reuniones. Lloré rezando, comiendo, cantando, haciendo ejercicio y hasta en unos honores a la bandera en la escuela donde doy clases. Aunque ya había estado triste incontables veces antes, esta vez fue diferente. Yo que siempre he gozado de tener las palabras adecuadas para describir lo que siento, me vi despojada de todo, hasta de mi capacidad de mirar hacia dentro y extraerme palabras bonitas del pecho. Miraba hacia todos lados, cuestionaba a quienes me lo permitieran, pero no hallaba respuestas. Pasé varias noches sin dormir, seguidas de mañanas donde apenas podía pasarme el café por la garganta. Ni siquiera recuerdo las primeras dos semanas de todo esto, y ahora no siento más que admiración y compasión por mí misma por haberlas sobrevivido.

Siempre supe que no había una solución como tal. Siempre tuve presente que tenía que atravesar el proceso yo sola, que no quedaba nada más que llorar y gritar y quejarme para vaciarme completamente, y de ahí partir. Como dije, ya antes había pasado por etapas difíciles y las había superado todas, siempre con confianza. Sin embargo, en esta ocasión no encontraba esa confianza dentro de mí, y genuinamente llegué a pensar que siempre me sentiría así de mal. Justo esta desesperanza me entristecía aun más, haciendo que me asqueara de mi incapacidad de seguir adelante.

De cualquier manera, nunca he dejado de intentarlo. Todos y cada uno de los días que han pasado desde que salí de esa relación tormentosa, me he levantado de la cama con la determinación de cuidar de mí, tal vez no con esperanza, pero intentando vivir por lo menos un día o un momento a la vez. Hice yoga todas las mañanas, nunca dejé de desayunar ni de cocinarme algo después del trabajo, vi videos de psicología y salud emocional, platiqué con mis amigas y mi mamá, llevé terapia con dos psicólogas diferentes, comencé a caminar todas las tardes. Con el tiempo, estas rutinas comenzaron a aliviarme, y me dejaron el espacio suficiente para reflexionar sobre lo que había pasado en mí durante ese año de relación. Descubrí que me había dejado en ruinas, que yo nunca volvería a ser la misma y que, sobre todo, había confundido al amor con algo más. Me había enamorado de la persona incorrecta y eso acabó conmigo sistemáticamente. Primero, aunada a la culpa que él me había enseñado a sentir, sentí culpa por no haber salido de ahí antes, por haber permitido que me pasara esto. ¿Cómo no pude haberme dado cuenta? Reconocerme como víctima de alguien por quien yo habría dado mi vida me sacudió el cerebro, y por algo de tiempo fui incapaz de absorber ese golpe. Intenté justificarlo de mil maneras, de hallar alguna “solución” aunque eso implicara que yo me sacrificara una vez más.

Pienso que la mayoría de nosotros hemos notado qué tan extraña es la mente y los sentimientos. En mi experiencia, hay un día en que las cosas hacen clic dentro de nosotros y listo, todo comienza a ser mejor. Viví muchos meses esperando ese momento, y finalmente llegó. Pero no fue por arte de magia, sino por mí y por el amor que me han profesado aquellos que me rodean. Sucedió porque después de tanto, decidí escogerme a mí. Hay veces que, saliendo del gimnasio y al sentir el viento helado de la ciudad que odié por tanto tiempo, experimento una paz de tanta claridad que siento ganas de ponerme a sollozar en medio de la calle. Antes todo era tibieza, el sol de aquella ciudad tan caliente donde viví por cuatro años. Ahora no deja de hacer frío, todos los días el viento me vuela el pelo que ahora tengo corto. Al principio este contraste entre calor y frío me parecía que demostraba cómo todo antes era mejor, pero últimamente he aprendido a ser feliz en lo helado, e incluso me reí de gusto cuando nevó la semana pasada.  

Hace cuatro días experimenté algo parecido cuando el ruido del avión apenas y me dejaba escuchar mis propios pensamientos. El viento helado volaba el listón lila de mi maleta, la maleta que usé para hacer el viaje que representó mi regreso al mundo de los vivos. El amor, la paz, y la felicidad existen aun después de todas esas cosas horribles que casi acaban conmigo. Y lo mejor es que ahora todo lo bueno tiene más intensidad, que las lágrimas ahora son de alegría. Después de meses de escribir sólo para mí para no exponer mi dolor, me colma el alma poder hacer esta entrada. La verdad es que la herida sigue ahí y nunca se irá, pero la cicatriz le va perfecto al resto de mi piel. Ya nada es igual, y qué bueno. Nunca dejaré que vuelva a ser como antes. 

“Me gusta el viento. No sé por qué, pero cuando camino contra el viento parece que me borra cosas. Quiero decir: cosas que quiero borrar”. ―Mario Benedetti.

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