Primera persona del plural en bicicleta
Frecuentemente cierro los ojos y empiezo a evocar metro por metro el recorrido en bicicleta que hacía todas las mañanas desde mi departamento hasta la escuela donde practicaba en el centro de Hermosillo. No deja de sorprenderme que recuerdo todo, el viento fresco de los primeros meses del año, la manera en que volteaba para cruzar la calle desde la banqueta del parque a la de la paletería; incluso recuerdo la locación exacta de los baches y cómo uno en específico se llenaba de unas hojitas amarillas. De los regresos lo que más destaca en mi memoria es el calor intenso que subía del asfalto y amenazaba con derretir el caucho de las llantas de mi bicicleta. Me ponía una camisa para que el sol no me quemara tanto, y aun puedo sentir el vuelo de la tela sobre mi piel pegajosa de sudor. El último de estos trayectos lo hice un día de finales de mayo, cuando se acabaron mis prácticas profesionales. Seguí recorriéndolo muchas veces más, para ir a la casa de quien era mi novio, y todas y cada una de esas veces lo hice sabiendo que tenía los kilómetros contados.
No siempre fue así. Hace unos dos o tres
años, comencé a andar en bicicleta casi todas las tardes siguiendo exactamente
la misma ruta. Extrañamente, nunca me aburrió. Todas y cada una de las veces
que hice ese recorrido encontraba belleza y una paz que lo inundaba todo. Mi
vida en ese entonces se desbordaba de este tipo de momentos en que todo, la luz
del sol, los olores, y los ruidos, se juntan para colmar a los sentidos de una felicidad
que abarca la vastedad -y pequeñez- del presente. Aunque lo experimentaba todo
en esos momentos, ahora puedo apreciarlo con más claridad desde el silencio del
futuro. El futuro es ahora, es silencioso, y sólo escucho las consecuencias de
una vida pasada que me parece ajena de tan diferente.
Ayer, platicándole de estos recorridos a mi
mamá, me sorprendió que unas gruesas lágrimas se estrellaran en mi pecho. Y
entonces recordé otros dos días en que fui muy feliz, donde las bicicletas
también fueron parte importante. Uno de ellos fue hace cinco años, cuando mis
amigos y yo teníamos diecisiete o dieciocho años, y el otro fue quizá en marzo
de este año. Pienso que casi cualquier momento a través de la nostalgia se convierte
en un recuerdo bonito, pero lo que se destaca de estos días es que ya cuando
los estaba viviendo sabía que algo muy especial se estaba desarrollando, un
nudito de felicidad y significado en el entramado de mi existencia.
Los primeros meses de este año, quien era
mi novio y yo paseábamos en bicicleta una o dos veces a la semana. Un día,
vimos que proyectarían una película danesa que se veía interesante en un cine
club que nos quedaba cerca, y decidimos aprovechar nuestras bicis para ir.
Invitamos a su primo, y nos fuimos a su casa a esperarlo para salir de ahí los
tres. Él llegó tardísimo, casi una hora después de la hora en que la película
iba a comenzar, pero aun así decidimos ir al cine club. El trayecto en la
bicicleta fue bastante errático, pues nunca lo habíamos hecho, y eran las últimas
horas de la tarde, por lo que el tráfico era bastante pesado. Subimos
banquetas, esquivamos baches y personas, y frenamos de golpe varias veces,
alternando el orden, pero siempre los tres en fila. Se sentía como estar en un
video juego, dijimos él y yo después, con los sentidos bien aguzados y los
reflejos en estado de alerta.
Cuando nos acercamos a la supuesta
ubicación del cine club, nos encontramos ante una iglesia de esas religiones
raras, con mucha gente afuera. Estábamos comentando al respecto cuando salió un
muchacho de la casa de en frente y como si leyera nuestras intenciones, nos dijo
que ahí estaban proyectando la película. La casa por fuera se veía normal, pero
dentro era una especie de museo o taller, lleno de esculturas, pinturas y dibujos
en su mayoría extraños. Atravesamos unos dos cuartos así antes de llegar al
patio de la casa, donde se encontraban unas quince personas sentadas en sillas,
botes de pintura y lo que pudieran, viendo una película de terror en un idioma
totalmente desconocido para todos. Alguien nos dio una silla después de
ofrecernos palomitas, y yo me senté en ella mientras que mi ex novio y su primo
se acomodaron en una banca de madera o en el piso. Luego sacó cerveza de su
mochila, y nos dedicamos a ver la película que, por suerte y contra todo
pronóstico, tenía pocos minutos de haber comenzado. Recuerdo a la gente fumando
apaciblemente, abriendo botellas de cerveza y comentando por lo bajo cobijados
por la oscuridad. Recuerdo los sorbos de cerveza tibia que le robaba a mi ex
novio, y la manera en que alternamos entre tomarnos de la mano o tocarnos la
pierna durante todo el tiempo que estuvimos ahí sentados.
La película resultó ser muy buena, y cuando
salimos a la noche fresca no podíamos dejar de hablar de ella. Yo me paraba
sobre los pedales o estiraba las piernas, feliz de venir cuesta abajo. Hablábamos
de nuestros planes de ir al estadio de futbol, de nuestros trabajos y de lo que
se nos iba cruzando en el camino. Ahora se que eran esos momentos donde yo me
sentía parte de algo, parte de la ciudad y parte de una familia, y por eso, al
menos en esas horas, era tan feliz. Al llegar a mi departamento ellos siguieron
bebiendo, y platicamos de temas que nunca habíamos tocado antes. Hablamos de la
muerte y de historias de borracheras. Yo al día siguiente tenía que ir a la
escuela, y en un rato más los vi alejarse por la calle a los dos en sus
bicicletas, un poco vacilantes al principio con el peso de la cerveza. A como
sucedieron las cosas, nunca volvimos a pasear los tres juntos, y nunca volvimos
al cine club. No hubo una segunda vez para toda esa felicidad que sentí esa
tarde.
O quizás esa fue la segunda parte, y la
primera fue la tarde que pasamos mis primeros amigos de borrachera y yo hace
tantos años. Ya nos conocíamos de antes, de la primaria o por ser vecinos, y
teníamos tiempo juntándonos los fines para nuestras primeras borracheras. Esa
vez, de cualquier forma, decidimos ir a andar en bicicleta todos juntos.
Recorrimos caminos de tierra y cuestas que me parecieron enormes, parándonos a
ver el cielo o a tomar fotos. Luego a uno de ellos se le ocurrió ir a un parque
a cenar, así que subimos nuestras bicicletas a la caja de su pick up y nos fuimos
para allá sintiendo el viento en la cara. Nos paseábamos en los columpios
cuando uno de mis amigos -se me escapa cuál de ellos exactamente- dijo: “Estamos
muy felices y nunca vamos a volver a hacer esto”. Yo también lo supe en ese
momento, y lo tenía presente mientras comíamos pizza y nos reíamos con la
inocencia que ahora sé que teníamos. Volví a mi casa, guardé mi bicicleta, y en
el espacio de solamente un año estábamos todos en otra vida, en la universidad,
casi todos nosotros en una nueva ciudad que nos separó para siempre.
Hoy, mirando el cielo casi oscuro, con sus opacos
tintes morados, me sentí lejana a todas estas sensaciones, casi totalmente ajena
a todo ese amor del pasado. Porque sé que todo eso fue amor en todas sus
diferentes formas. Amaba a mis amigos, a mi ex novio, a Hermosillo, a mi
adolescencia y andar en bicicleta Ahora mi bicicleta está parada en un
departamento nuevo, con la llanta de en frente un poco baja. Pero todo esto que
acabo de contar sucedió, y puede suceder cuantas veces quiera dentro de mi
corazón y sobre mi piel, y esa es mi más grande fortuna. Los recuerdos como
estos ahora me pesan sobre el pecho porque mi vida no es como quisiera, pero a
la vez son los que me mantienen con esperanzas. Si estos momentos de infinito
significado ocurrieron una, dos o incluso tres veces, invariablemente volverán
a ocurrir, quizás en una bicicleta que sí tenga buenos frenos y en una ciudad
sin tantos baches.
Esta entrada está dedicada para los
amigos que mencioné. Ustedes saben quiénes son, les mando un abrazo y les deseo
muchísimos más momentos como el que vivimos ese día.
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