Pérdida

Me pregunto cuánto tiempo me tomará volver a expresar que el tiempo me ha despojado de algo. Dudo que me lleve mucho, porque como leí una vez, vivir se convierte en un acto constante de dejar ir. Aunque ahora tengo más de lo que jamás he tenido, las pérdidas se me han ido amontonando sobre los hombros, y de un tiempo para acá las que se han ido añadiendo son cada vez más pesadas. Como es evidente, la ausencia de algo es también una presencia. He perdido una variedad enorme de cosas, desde objetos hasta sentimientos. Todos y cada uno de ellos con su especial relevancia para mi percepción de la vida. Últimamente me ha entrado la idea de que perdí algo fundamental, lo que restaba de algo valiosísimo que creía ya haber perdido del todo. Ahora que estos últimos rescoldos parecen haberse extinguido por completo, me es evidente que existe un antes y un después, que lo que yo creí era el final resultó no serlo. Ha sido un proceso lento pero constante. Imparable también, y hasta parte de la experiencia universal del ser humano. Hablo de la creación de una gruesa capa protectora alrededor del alma constituida por incredulidad y decepción, que no es más que una pérdida absoluta de la inocencia. Digo que es algo universal porque he llegado a comprender que es esto lo que define a un ‘‘adulto’’. Me lo he encontrado de diversas formas y nombres, pero al final viene a ser lo mismo. He leído en varias ocasiones que la corteza prefrontal del cerebro -que tiene entre sus funcionas la toma de decisiones- no está completamente desarrollada hasta los 25 años. Es de suponer que algo cambia a partir de esa edad. Poder tomar buenas decisiones suena muy bien, pero se me ocurre que esta capacidad de discernimiento viene con un costo. Para tomar buenas decisiones se necesita experiencia, y para tener experiencia se requiere haber vivido una variedad de sucesos, buenos y malos. Además del aspecto fisiológico de madurez que mencioné, es indispensable haberse equivocado un número de veces para aspirar a no cometer los mismos errores una y otra vez.

Los últimos años me han hecho cobrar consciencia de que todo lo que existe es de una naturaleza finita. Para muchos esto puede sonar a obviedad, pero para mí, descubrir que todo se acaba ha sido un descubrimiento enorme. Comencé por entenderlo en mis vínculos románticos. Aunque fue doloroso, comprender que los sentimientos cambian en una relación me pareció lógico, hasta fácil de superar de cierta manera. Simultáneamente, encontré que una vez que se supera lo que se creía insuperable, se gana una nueva clase de fortaleza que elimina el miedo a la pérdida casi para siempre en esta área de los afectos. No consideré esto como una pérdida, y hasta lo vi como beneficioso. El golpe vino después, cuando me vi obligada a extrapolar esto a otras cosas valiosas para mí. Ha sido difícil para mí comprender que, así como una relación amorosa puede terminarse de un día para otro, también puede hacerlo una amistad, un deseo o un conjunto de principios morales. A lo largo de la vida, uno se ve despojado de todo lo que conoce al menos un par de veces. Las personas mueren, se cambian de ciudad, comienzan nuevos proyectos, conocen a otras personas. Uno mismo también lo hace, adquiere otras ideas, aprende a ver la vida de manera distinta, se decepciona, sufre y busca no volver a sufrir, y para lograrlo recurre a cosas a veces terribles y otras maravillosas.

Mucho pensaba en que la única manera de superar una tormenta es atravesarla sabiendo que al lograrlo se emerge como una persona completamente distinta. Leí esto en un libro de Murakami. Lo comprendía hasta cierto punto y lo veía con un tinte de optimismo. Ahora que he superado algunas tormentas, veo que es cierto, que uno sí cambia después de cada golpe. La vida nos va amoldando a sus realidades, que no suelen ser muy agradables o justas. La vida en realidad no nos debe justicia. Vivir y comprender esto te envejece, no puede evitarse.

He dejado de identificarme con ideas que pensé me acompañarían para siempre. Ya no me entusiasman las mismas causas con la intensidad de la adolescencia. No le tengo miedo a casi nada, y si lo tengo, sé que podré superarlo. Esta superación, de cualquier manera, no viene acompañada de un espíritu de lucha, sino de deber. No existe otro camino más que continuar, y esto al menos para mí no tiene mucho de loable. Tampoco puedo identificarme con una tristeza dramática que me ayude a darle sentido a todo esto, como lo hice algunas veces en el pasado. Es quizá la famosa radical acceptance, que de ninguna manera implica pasividad. Para mí, es un poderoso sentido del deber que no es sinónimo de un fin específico. Hay que seguir, dejando atrás lo que sea necesario para no arrastrarlo, tomándose el tiempo para detenerse a disfrutar de los pocos o muchos chispazos de alegría que se susciten.

A veces quisiera ser como a las ocho años, a los quince o los veintiuno. Esto es imposible, claro está. Aun así, me gusta pensar que todas estas edades viven dentro de mí y puedo hacer que se manifiesten a mi conveniencia. Lo triste es que no puedo recrear a mis emociones de la adolescencia, a las amigas de la universidad, los lugares donde he vivido ni reírme de las cosas que antes me daban risa. No puedo volver a sentir lo que antes sentía, y no deja de impresionarme cómo hasta lo más vívido termina por desaparecer. La espontaneidad no puede crearse, mucho menos la inocencia. Es agridulce, porque sé que sin evolucionar no podría sobrevivir, pero ¿quién quiere adaptarse al dolor? Si el dolor y la incertidumbre son ineludibles, entonces más vale estar preparados. Perder el deseo de que todo sea perfecto envejece y hasta duele. Duele aceptar las realidades injustas, y duele comprender que esto es lo más conveniente. Lastima dejarse llevar por la corriente, pero más dolería aferrarse a algo que no existe.

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