Desprendimiento

Siempre he tenido la sensación de que mi vida ha sido un poco más difícil que de la gente que me rodea, en especial cuando me comparo con personas de mi edad. Más o menos desde los ocho años percibí ciertas diferencias, y desde entonces he acarreado esto conmigo, sintiendo como si llevara el sacrificio y el trabajo creciendo dentro de mí como un rosal muy espinoso. No pienso hacer un recuento de las cosas que he tenido que hacer y soportar, porque mi intención no es dar lástima ni ponerme a mí misma en un pedestal. Además, sé que todos y cada uno de nosotros llevamos el peso de cargas distintas. Así como existen todo tipo de cargas, existen varias maneras de afrontar aquellos lastres que obligatoriamente se nos pegan a lo largo de la vida. Una de mis maneras de afrontar esto es expresarlo por escrito y esperar que alguien al identificarse en alguna de estas frases encuentre algún tipo de consuelo.

Durante las últimas dos semanas he tenido que soportar un cambio espantosamente doloroso. En unas horas tuve que dejar todo lo que había construido en años, sin tiempo para pensarlo o siquiera para despedirme. En cuestión de horas, vi cómo todo ante mis ojos se iba deshaciendo, pieza por pieza, costumbre por costumbre. Tuve que dejar -temporalmente- las pocas cosas que había comprado con mi esfuerzo, regalar mis plantas y arrancar mis pinturas de las paredes. Unos días antes de que sucediera esto me di uno de esos golpes terribles en el dedo meñique del pie. Pude detectar perfectamente ese pequeñísimo instante entre el golpe y el dolor, y mientras medio empacábamos mis cosas con toda la prisa del mundo me imaginé que estaba en ese trance, solo a la espera de la primera oleada de dolor.

La angustia no se hizo esperar, y pronto se hizo insoportable. Me sentía como uno de esos dibujos que había pegado en la pared de mi departamento con un pegamento muy fuerte, arrancada de repente y todavía con pedazos de pintura que no me dejaban adherirme al nuevo lugar. Mi existencia se convirtió en lágrimas, en sentir una piedra dentro de la garganta. Me sentí avergonzada y pequeña, y con la certeza de que había cometido un error irreversible. De repente no sabía si podría respirar al momento siguiente y, sin embargo, en unas cuantas horas tendría que asumir un nuevo trabajo, una nueva vida. Esa primera tarde, cuando se fueron mis papás, acomodé mis cosas como pude, aun sollozando, y pidiéndole a Dios que me diera consuelo a través de las tazas de té que apretaba entre mis manos. Todo el tiempo había pensado que sería más fuerte, pero la verdad es que durante esos primeros momentos pensé que mi corazón iba a explotar, o que simplemente iba a detenerse por no poder soportar ese desprendimiento tan repentino. Imaginaba que regresaba a cuando todo se sentía bien, cómodo, y no podía comprender que volver a eso era ahora imposible. Eso me derrumbaba, y la idea de que mi corazón se detuviera de pronto no parecía tan mal remedio.

Luego estaba la culpa. ¿Cuántas personas no han tenido que mudarse así, y a lugares peores? ¿Por qué para mí estaba siendo tan difícil? ¿Acaso merecía esa angustia, o yo me la estaba creando sola? La realidad de mi cabeza era insoportable y en el tumulto no concebía la idea de la paz.

No podía creer que todo afuera siguiera igual. Mi interior estaba destrozado, pero afuera el sol seguía avanzando por el cielo. Las personas seguían caminando por la calle. La música que me gusta seguía sonando. No me morí, ni pasó nada más. Comprendí que ese sufrimiento interior, por más grande que fuera, difícilmente modificaría la realidad a mi favor. De cualquier manera, ya no podía volver, y lo que yo creía que me daría consuelo inmediato en realidad terminaría por hacerme más daño. Entendí que no hay camino alrededor del dolor, no existe otra manera de superarlo más que pasar a través de él. Ahora sé que debo atravesar la tormenta, una tormenta que aun no comprendo del todo por qué ha llegado a mi vida.

Pero la verdad es que lo he ido comprendiendo poco a poco. Lo comprendo cuando puedo volver con mis papás cada fin de semana, o cuando veo a mi gatita dormir en la cama de mi hermano. Entiendo la tormenta cuando uno de mis alumnos me abraza o me hace un dibujo, o cuando veo el rosal blanco fuera de mi departamento nuevo. Logro entender un poco más cuando siento el viento frío en todo el cuerpo al caminar por el segundo piso de la escuela, y al ver las montañas azules que son sinónimo del lugar donde nací. Entendí este desprendimiento cuando se me llenaron los ojos de lágrimas y el corazón de algo como sabiduría al leer el poema de Sabines donde dice que no tiene casa. Hoy comencé a entenderlo un poco más al ver la luz del atardecer morado por la ventana de la casa de una de mis mejores amigas. He ido entendiendo con cada mensaje y llamada de apoyo de quienes han estado dispuestos a escucharme llorar, y es que el amor se manifiesta con más fuerza en estos momentos.

La vida es incomprensible en varias ocasiones, pero siempre ofrece algo a quien está dispuesto a mirar. Hay una oportunidad en cada día, incluso para almas arrancadas como la mía.

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