El guardián entre el centeno (El intento de proteger la inocencia)

Siempre me ha gustado leer mis libros favoritos varias veces dejando pasar el tiempo entre cada lectura. Aunque, naturalmente, las palabras son las mismas, no cabe duda que un libro es distinto cada vez que lo comenzamos de nuevo. Siendo nosotros seres que pueden cambiar con tanta rapidez pero a la vez imperceptiblemente, compararnos con cosas estáticas suele ser la mejor manera de notar nuestro progreso. No es lo mismo leer un libro cuando eres un niño a cuando te conviertes en adolescente, por ejemplo, y un libro donde el protagonista es padre de ninguna manera es igual para un lector con hijos que para uno que nos los tiene. Leí “El guardián entre el centeno” de J.D. Salinger por primera vez cuando tenía alrededor de catorce años, y ayer lo terminé por cuarta o quinta vez. Desde que lo acabé por primera vez lo he considerado uno de mis libros favoritos, y a lo largo de estos seis o siete años he pensado en él con diferentes grados de simpatía. Todas las veces que lo leí a excepción de esta última fue en español, un ejemplar de la biblioteca pública de mi ciudad. Esto quiere decir que siempre que lo leí fue siendo adolescente, puesto que no he sacado libros en préstamo de una biblioteca desde que dejé de vivir en mi ciudad de origen. El protagonista del libro, Holden Caulfield, es un adolescente de dieciséis años y, extrañamente, cuando más he empatizado con él ha sido en esta última lectura y no en las de mi propia adolescencia. Compré el libro hace más o menos dos meses porque lo encontré de pronto en una librería, un ejemplar con la portada original y en inglés. Desde siempre había querido leerlo así, pues la versión que yo había leído, aunque una buena traducción, dejaba ver que el original era el que reflejaba realmente lo que Holden quería relatar. (Esto es porque el libro está escrito con jerga estadounidense de los años cuarenta que al traducirse al español suena un poco ridículo).

The catcher in the rye cuenta la historia de un adolescente de clase alta que es expulsado de su preparatoria por reprobar tres de sus cuatro clases, y cómo vaga por Nueva York un fin de semana entero para evitar regresar a su casa antes de tiempo. Es de esas historias donde en realidad no pasa nada porque pasan mil cosas pequeñas, y que requiere de una mirada un poco más atenta para poder distinguir el clímax de la historia. Como el estilo que el autor quiso lograr es informal -después de todo, el personaje que la narra es un adolescente cínico- puede pensarse que es un libro demasiado sencillo y plano. De hecho, yo misma llegué a pensar eso las últimas dos veces que lo leí en español. Llegué a preguntarme por qué un libro así de “vulgar” me había gustado tanto, y al recordar al personaje principal experimentaba un sentimiento de desdén. Sin embargo, en esta última lectura llegué a comprender a Holden de una manera profunda, y logré encontrar una enorme sensibilidad en sus observaciones de frases cortas y llenas de muletillas. Holden no entiende el mundo de los adultos, critica fuertemente el comportamiento de los demás llamándoles falsos y se avergüenza de sentirse sexualmente atraído por mujeres con las que es incapaz de conectar emocionalmente. Constantemente piensa en su hermanito que murió años antes, y critica a su hermano mayor por dedicarse a algo que él considera como una profesión “falsa”. Al narrar los hechos de ese fin de semana, lo hace con un tono de aburrimiento, como para quitarle importancia a lo que está diciendo, aunque estas sean cosas de mucha relevancia -en ocasiones dice que le gustaría estar muerto, o que se sentía enfermo y solo. En las casi trescientas páginas del libro, expresa sentirse feliz una sola vez, y ni siquiera es porque sus problemas se hayan resuelto. Holden se sentía conmovido por cosas que sé me habrían conmovido a mí, como ver a su hermanita dar vueltas en un carrusel, o por una mesera que le mostró compasión bromeando con él luego de que todos lo ignoraran. En todas las demás ocasiones en que lo leí, ni siquiera comprendí realmente el significado del título. Holden le dice a su hermanita que lo único que en realidad quisiera es ser el guardián entre el centeno, para poder cuidar a niños que estuvieran jugando en un enorme campo de centeno e impedir que cayeran por un precipicio donde el campo terminara. Esto es porque, anteriormente, escuchó que un niño tarareaba if a body catch a body coming through the rye -si un cuerpo atrapa a otro cuerpo atravesando el centeno. Holden quisiera ser el protector de la infancia y de lo que esto representa para él: inocencia, generosidad y espontaneidad, cualidades que no es capaz de encontrar en los adultos. Sin embargo, su hermanita Pheobe lo corrige y le dice que es meet en lugar de catch, derrumbando todo lo que Holden había pensado. Aunque no lo menciona en su narración, es evidente que esto tiene un poderoso efecto en él. Durante todo el libro, se mostró renuente a incorporarse al mundo adulto, al tiempo que idealizaba la infancia. Holden da señas de sufrir alguna enfermedad mental como bipolaridad, y al final del libro se da a entender que se encuentra en un hospital por este motivo. En mi opinión, su manera de pensar no ha progresado mucho, lo que me despierta un sentimiento de ternura, pues pienso que yo misma viví este proceso de decirle adiós a ciertos valores de la infancia hace relativamente poco tiempo.

Al trabajar con niños, tengo la oportunidad de observar cómo se comportan y compararme con ellos. Para mi sorpresa y a pesar de que llevo una vida completamente adulta, tenemos más similitudes que diferencias. Por eso, no sin un poco de dolor, me pude ver en el personaje principal de “El guardián entre el centeno”. Al igual que él, yo quisiera proteger la inocencia y felicidad de cada uno de los niños con los que trabajo y me horrorizo al ver su esencia corrompida por factores externos; y, por otro lado, también a veces fallo en comprender cómo es que funcionan -o deberían funcionar- las interacciones adultas. Tal como Holden, conozco la felicidad cuando alguien muestra algún valor relacionado a la infancia, como gestos de dulzura o curiosidad. Ahora puedo comprender por qué Holden sufrió y sufre tanto al adueñarse de una misión tan imposible como detener el paso del tiempo.

En estos dos meses que tardé en leer el libro me descubrí más niña que nunca, y la verdad es que no sé cómo sentirme al respecto. En ocasiones se me ocurre que esto es bueno, pues significa que he logrado mantener cualidades infantiles buenas, pero también me hace imaginar que soy una niña tratando de vivir una vida que aun no está preparada para enfrentar. De cualquier manera, me parece maravilloso cómo es que un libro puede impactarme tanto aún después de conocerlo casi de memoria, y me alegra mucho descubrir cómo es que mi capacidad de empatía y comprensión se ha desarrollado. El paso del tiempo es inexorable y el futuro invariablemente incierto, y poco queda por hacer además de aceptar esto con la tranquilidad de que nos hemos estado preparando para cualquier cosa que venga. Además, no creo que tenga nada de malo querer preservar un poco de inocencia y curiosidad. Estoy segura de que sin estas cualidades sería imposible vivir.

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