Cumpleaños

Voy a cumplir veintidós años el miércoles que viene, y quisiera dejar aquí escrito cómo me siento y lo que pienso justo a esta edad. Tal como en año nuevo, pienso que los cumpleaños son buenos momentos para reflexionar sobre lo que ha ocurrido. Ya antes lo había hecho. Desde los quince hasta los dieciocho me escribí una especie de carta a mí misma que solo leo por estas fechas. Al parecer, no he cambiado mucho desde los diecisiete años. Ya desde entonces era consciente de lo mucho que mi vida cambiaría a partir de que dejara la casa de mis papás. Aún recuerdo lo mucho que me preparé mentalmente para eso. Desde entonces -desde que comencé la carrera- me han pasado un sinnúmero de cosas que sé me han hecho lo que soy ahora. Ya he hablado de todo esto aquí antes y creo que, de cierta forma, son pensamientos útiles para los demás. Al menos yo hubiera querido tener algún tipo de preparación para enfrentarme a la soledad, al amor y al esfuerzo, aunque esta fuera simplemente leer sobre la experiencia de alguien más. Pero ahora que estoy en mi último año de carrera y mi vida es quizá más estable -o yo la percibo así- siento como si no tuviera nada qué ofrecer. Gran parte de mi vida me sentí especial de varias formas, como si mereciera reconocimiento y trato especial sólo por ser yo, por escribir, por pintar, por trabajar y estudiar y tener aspiraciones, incluso por estar enamorada. Ahora que he descubierto que no soy especial, he sentido la necesidad de dejarme en segundo plano y de dedicarme a los demás y a sus problemas. Me avergüenzo de haber buscado siempre esa cualidad de especial, y me avergüenzo también de haber fracasado. Me avergüenzo de haber decidido pasar desapercibida en mi carrera por creerme quizás superior a ella. Me da vergüenza lo mucho que quiero llorar casi todo el tiempo y de no decir cuando no quiero hacer algo. Siento lástima por mí misma y todas las veces que he sido indecisa y esto ha provocado que olvide mis propios deseos y mi esencia. Me da vergüenza no saber externar estos sentimientos para pedir ayuda a quienes me quieren, y me da vergüenza lo mucho que deseo borrar todo esto. En algún punto llegué a pensar que no podía ser más fuerte, que todo aquello a lo que me enfrentara podría superarlo fácilmente. Ahora puedo ver que estoy en ceros, sin herramientas para enfrentar lo que viene y con mucho miedo. Quisiera poder ofrecer alguna conclusión que sirviera de consuelo, pero creo que esta vez el consuelo mismo es poder externar estas emociones. Quisiera ocupar siempre yo el rol de la persona que ayuda y reconforta para así nunca sentirme egoísta por pedir apoyo y amor. Quisiera ser de esas personas muy independientes que les basta con ver a quienes quieren unas cuantas veces al mes, porque han construido una vida que les satisface y vínculos en los que confían. Quisiera también no avergonzarme por hablar de mí misma y de lo que siento.

Dudo que estos pensamientos sean inusuales en una persona de mi edad, o en cualquier persona, realmente. Pienso que todos deseamos lograr cosas y experimentar el amor, y cualquiera que lo haya intentado sabe lo difícil que es. He observado cómo es que vivir es un constante caos interno que uno debe contener por el bien de los aspectos prácticos de la vida, como el trabajo, la escuela o nuestras relaciones. Esto se dificulta cuando las expectativas son grandes. Es muy difícil cumplir con las expectativas de todos quienes nos rodean, y sobre todo con las expectativas propias. Yo esperaba confiar siempre en mí misma, por ejemplo, y la verdad es que ya no es así, pues siento que mis defectos son ahora más visibles que nunca. Esperaba saber siempre qué hacer, pero últimamente he preferido que los demás decidan por mí o dejar que las cosas sucedan sin mi intervención, resignándome a una vida de silencio donde la que escucha soy yo. 

De cualquier forma, se que todo esto es indicador de que tengo mucho qué aprender, y siempre he pensado que aprender es lo que más me gusta. Quizá es momento de deshacerme de todas aquellas expectativas que no se alinean con lo que quiero o que son inalcanzables para mí ahora; de hacer todas aquellas cosas que me hacen sentir merecedora de amor. Tal vez deba evaluarlo todo de nuevo y a partir de ahí decidir qué y cuánto exigirme. Ahora es que entiendo lo importante que es la paciencia, no solo para con los demás, pero la paciencia con uno mismo. Apenas cumpliré veintidós, y sé que de estas crisis tendré muchísimas más, pero lo bueno es que cada vez que las supere seré mejor y me habré descubierto más a profundidad. Se me ocurre que ser especial no es lo más importante que hay, y que no vivir una vida excepcionalmente exitosa no tiene nada de malo. Me surge una pregunta importante: ¿cuándo es que una persona merece amor? Quizás la conclusión que puedo ofrecer hoy es que, tal como a uno mismo no le molesta consolar a alguien más y ofrecerle amor, siempre habrá alguien que nos lo ofrezca a nosotros sin condición; y que, si no lo hay, siempre podremos tenernos paciencia y sentir amor por nosotros mismos.  

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Rosita

Desmemoria

El sargazo de junio