Ilusión, espacio y amor
Mi abuela siempre nos ha hablado de quien ella piensa fue el hombre de su vida, y de cómo a pesar de los años sigue acordándose de él todos los días. Cuando se lo mencionamos sigue poniéndose nerviosa y contarnos de cuánto le gustaba no deja de emocionarla. Por supuesto que este hombre no es mi abuelo. Para mi abuela, el hombre de su vida fue un muchacho que vio apenas unas cuantas veces y que después no volvió a ver. Alguien que nunca la besó ni tomó su mano. Conozco esta historia desde siempre, pero desde la última vez que hablé con mi abuela no he dejado de pensar en cuán fuerte puede llegar a ser un vínculo así. Con sus ojitos brillosos de emoción comenzó a hablar de él en la sobremesa y yo, quizás imprudentemente, dije que los romances de este tipo sobrevivían tanto tiempo precisamente por ser pura fantasía. Le dije que nunca lo conoció, que nunca tuvo la oportunidad de saber cómo es que serían las cosas si todo ese amor se materializara, y que por eso seguía pensándose enamorada. Mi mamá, que también escuchaba, dijo que estaba de acuerdo conmigo. Mi abuela no dijo nada y cambiamos de tema. Muy probablemente nunca lo había visto así y mis palabras calaron hondo en lo que había creído por más de sesenta años.
Trasladando esta experiencia a
mis propios vínculos, pude observar cómo es que me había estado pasando algo
similar a lo largo de mi vida. En mis más grandes amores siempre hubo
cierta distancia, un espacio creado por diversos factores que permitía que yo
me hiciera ideas fantasiosas capaces de mantenerme en una realidad alterna. Lo
más increíble es que esta verdad creada enteramente por mí pesaba en mi
corazón y en mi vida con el peso de la realidad, y sólo después de un gran desengaño podía darme cuenta de
cómo -casi- todo había existido en mi cabeza. ¿Cómo es que sucede esto? ¿Cómo a
partir de minúsculos indicios de algo parecido al amor uno puede crear una vida
entera?
Ahora pienso que estas maquinaciones
son producto del espacio existente entre dos personas. En mi caso, este espacio
ha sido el que se crea a partir de malos entendidos y fallos en la
comunicación, por falta de empatía o por simple falta de reciprocidad de
sentimientos, y en alguna ocasión todo esto mezclado con la distancia física. Quizá
en el afán de prolongar algún sentimiento o emoción agradable, el más mínimo
indicio de afecto sirve como base para llenar y recorrer esa distancia que nos
separa de la otra persona. Todo ese espacio nos da la libertad necesaria para
imaginar e incluso para sentir. Es de verdad sorprendente cómo uno puede llegar a
enamorarse de una idea, de alguien que en realidad no existe o dejó de existir
hace tiempo. Es increíble también cómo es que cuando esta distancia se cierra y
nos acercamos a la persona idealizada, nos damos cuenta de que hubiéramos
preferido quedarnos con aquellos momentos de contemplación fantasiosa, cuando
el futuro era la ilusión del presente y nuestras ideas eran solo eso, quimeras duramente
resguardadas por nuestros deseos.
Hace poco, en una película, vi
con asombro que la protagonista decía que no podría enamorarse de una persona
sin saberlo absolutamente todo de ella. Esto contraria totalmente esta idea de
que después de conocer a alguien el amor termina por agotarse o evolucionar en
algo menos emocionante. Para ella, conocer a alguien es el camino para poder
amar, y creo que aspirar a eso es más justo y más razonable, alejándose quizá
del amor romántico y pasional al que estamos acostumbrados a pretender. Qué
bonito sería conocerlo todo de una persona y aun así decidir amarse. Es bonito
también vivir de ensoñaciones y amores platónicos, pero visto de manera
práctica creo que es necesario cerrar espacios y aprender a cultivar el romance
aun en esta realidad complicada. Ese sería el gesto de amor más grande.
Para J., que junto a mi abuela y Before Sunset sirvió de inspiración para esta entrada.
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