Dolor, opciones y decisión

En una de mis series favoritas –Mad Menlos protagonistas intercambian un dialogo que define quizá a las siete temporadas que la componen. Después de tener a un bebé completamente indeseado y accidental, Peggy está convaleciente en el hospital. Cuando aún está medio inconsciente por el parto, su jefe Don la visita y le dice que salga de ese lugar y siga adelante, que le sorprenderá como todo aquello nunca sucedió. La primera vez que vi la escena no causó tanto impacto en mí, pero en estos días he estado pensando muchísimo en ella. Por primera vez, no estoy segura de llegar a una conclusión positiva después del análisis que hago en cada una de estas entradas. Mi intención es, sencillamente, explorar lo que sucede después de que algo terrible sacude nuestras vidas.  

La vida nos apura siempre a tomar decisiones, desde cosas pequeñas como decidir qué comer hasta decisiones determinantes como qué carrera elegir o con quién unir nuestras vidas. Y para esto no hay descanso: siempre se tiene que elegir, decidir si quedarnos como estamos o cambiar. Pienso que esto se acentúa cuando el sentimiento es fuerte. Se tiene que decidir también qué hacer con lo que sentimos para que el sentimiento no se apodere de toda nuestra existencia, sea este uno de felicidad o de tristeza. Es un constante ¿y ahora qué sigue? ¿Qué hago con esto que pasó y no puedo cambiar? 

Escogí hablar precisamente de aquellas cosas que no dejan espacio para nada más que la resignación -que es a su vez también una opción. Aquellos sucesos que lo transforman todo y nos dejan impotentes, batallando por aceptar siquiera cómo es que algo así pudo pasarnos. Sucedió y, aunque nuestro primer impulso sea querer volver a cuando todo estaba bien, es imposible. Lo único que podemos hacer es decidir cómo tomarlo, y la verdad es que las opciones no son muy atractivas. Fue ahí donde recordé la frase de Mad Men, simplemente seguir adelante y pretender que ese algo nunca pasó. La verdad es que el cerebro sí tiene la capacidad de olvidar aquellos sucesos que nos dañan, entonces, ¿no sería esta opción la mejor de todas? El problema es que hay cosas de verdad imborrables, que calan hasta lo más profundo de lo que somos. Nos deforman y antes de que nos demos cuenta cambian lo que alguna vez fuimos. Aun ahí, hay espacio para la decisión. Quizá no podamos decidir cuánto algo nos duele, pero sí podemos decidir qué hacer con ese dolor. Podemos decidir dejar que el dolor se apodere de cada momento, rendirnos ante el desastre y no hacer nada más. No creo que esto sea sostenible por mucho tiempo. Pienso que el sentido de supervivencia logra sobreponerse eventualmente, y que algún día decidiremos que tanto dolor es insoportable. Tal vez de eso se trata la tan mencionada resignación.  

Podemos escoger el aprendizaje, buscando la más mínima lección dentro de la tragedia, aunque la lección misma es que en ocasiones no hay nada qué aprender. Incluso podemos decidir decirle a todos quienes nos conocen que nunca más se hablará del tema y pretender que nunca pasó nada para poder continuar. Pero, ¿en qué punto seguir adelante se convierte en una huida desesperada de lo que realmente sentimos? Y, siguiendo el mismo plan, ¿qué tanto pesan las cosas que no se dicen y no se expresan? Quizá lo mejor sería desahogarnos unas cuantas veces y después continuar con el corazón vacío. 

No me gusta pensar que algo como el dolor pueda definirnos. Alguna vez leí que todos somos una hoja en blanco, y que lo que nos pasa va trazando líneas sobre nosotros, cambiándonos para siempre. La ilustración donde vi esto decía que somos los espacios en blanco que van quedando después de tantos trazos. Me gusta creer que somos aquello donde no nos duele nada porque hemos aprendido a vivir a pesar de todo lo demás, aferrándonos a ese instinto de supervivencia que nos hace buscar belleza, amor o casi cualquier cosa, todo para poder seguir viviendo.  


Dedico esta entrada a mi hermano Luis, el mayor fan de Mad Men y también mi mayor crítico. Te quiero.

  

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