Cambio y Esencia
El filósofo griego Heráclito fue quien dijo que la única constante es el cambio. Hará ya unos cinco o seis años que escuché esta frase, y no ha pasado un día desde entonces en que no le halle cabida en alguna situación de mi vida, cotidiana o notable. Y es que siempre he pensado que las transformaciones nunca me han dado tregua. Cuando era niña era muy introvertida y lo único que me preocupaba era la escuela; después, alrededor de los catorce años, me hice bastante extrovertida y descubrí que ser el centro de atención me gustaba bastante. Eso se prolongó por varios años, con pequeñas lagunas donde volvía a ser la misma niña seria, pero aun así llegué a pensar que esa extroversión era mi verdadera personalidad, mi esencia. Sin embargo, estos últimos dos años, comencé a pensar que la vida que disfruto más es aquella que llevo yo sola, la interna, donde todo es más silencioso y con espacio para la introspección. Esto no quiere decir que quiera estar sola siempre -soy alguien con una enorme necesidad de amor- pero la verdad es que las relaciones humanas llegan a cansarme y agobiarme en su complejidad.
En la entrada pasada hablé de cómo es posible cultivar la felicidad en un espacio propio, donde solo quienes nosotros hemos escogido puedan intervenir. Han pasado varios meses desde entonces, y esta idea de una vida seccionada se adhirió a mí, y es que todos nosotros vivimos varias vidas a la vez. Dudo que haya una persona que pueda decir que es la misma en todos los ambientes donde se desenvuelve. Yo, por ejemplo, he aprendido a interpretar variaciones de mi misma para una diversidad de personas y situaciones: trabajo, familia, escuela, amigos, intereses románticos, incluso para mí misma. Pude darme cuenta de esto porque desde hace un año tengo un espacio físico al cual volver después de ser para alguien o algo más. En donde vivo nadie me exige horarios, gestos ni comportamientos. Lo que hago lo hago por mí, por cuidarme, quererme y sobrevivir, y no he parado de descubrir cosas en mí que siempre ignoré por estar siempre acompañada. Esto va más allá del tan sonado amor propio del que se habla tanto estos días. Ahora sé que me tengo a mí, y a todas aquellas situaciones que me exigen cambio y reflexión. Me tengo a mí después de hablar por horas con alguna amiga, o después de una fiesta o cuando llego la mañana siguiente de dormir en la cama de alguien más. Me tengo a mí hasta entonces, y raramente mientras alguien más me acompaña. Es esta soledad la que me aturde pero que a la vez valoro como algo que nadie nunca podrá quitarme.
Hace tiempo leí que la vida solo puede ser vivida hacia adelante, pero entendida solamente viéndola en retrospectiva. Quizá no sintamos lo mucho que estamos cambiando, pero cuando avanzamos y miramos sobre el hombro podemos observar todas aquellas diferencias que nos apartan de lo que alguna vez fuimos. Considero que este cambio es bueno. Es imposible permanecer inamovible ante la variedad de circunstancias que llegan a presentarse. Constantemente se nos exige adaptación y evolución, y resistirse a ello es fuente de dolor. Veo a este como un cambio vertical, hacia arriba y hacia la mejora. ¿Pero qué hay de lo que mencioné antes, de las varias interpretaciones de uno mismo que deben actuarse para poder encajar y sobrevivir? ¿Nos hace hipócritas o solamente personas prudentes? ¿Son en realidad simples variaciones o personas completamente distintas que viven dentro de nosotros?
Existe una variación de la primera frase que utilicé: ‘‘todo permanece igual solamente a través del cambio’’. Creo que es esto lo que explica las preguntas que me he planteado estos meses. Quizá no haya algo realmente inalterable dentro de cada uno de nosotros, y quizá esto mismo sea lo permanente que tanto buscamos. He llegado a comprender que la variedad inagotable de la vida es una bendición, y que esta habilidad de adaptación al cambio es una extensión de este milagro de posibilidades.
Y si tanto anhelamos saber cuál es nuestra verdadera esencia, podemos volver a lo más esencial que existe: el amor.
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