Jardines y burbujas

Han pasado varios meses desde la última vez que escribí para el blog, pero en todo este tiempo no he dejado de pensar en hacerlo. Las razones prácticas para esto fueron simplemente la falta de tiempo y también un poco la falta de disposición. Sin embargo, también hubo una razón más profunda, y es que cada vez que me siento a escribir uno de estos textos es porque siento que tengo alguna conclusión de importancia qué ofrecer. Si no tengo la sensación de poder llegar a un razonamiento final porque no estoy segura de lo que estoy diciendo, mejor no escribo absolutamente nada. El blog, al fin y al cabo, se llama claridad, y lo menos que quiero es transmitir mis propias confusiones. No obtengo ninguna recompensa material de hacer esto, así que lo mejor es escribir cuando de verdad lo quiero hacer.

De cualquier forma, no me sentía en blanco. Todo este tiempo tuve la percepción de que una muy importante conclusión, señal, o perla de conocimiento estaba por serme revelada. Hace unos pocos días esta llegó a mí, y quisiera compartirla con quienes me leen.

Suficiente se ha dicho sobre lo difícil que ha sido el universalmente infame 2020. Le guardo un profundo respeto a las familias que sufrieron la pérdida de alguno de sus integrantes, a aquellas personas que perdieron su trabajo o algún negocio y también aquellos que vieron su salud mental tambalearse. Para mí, este año significó cosas no muy distintas. Perdí el trabajo con el que comencé el año, mi relación se acabó en enero y abandoné muchas de las rutinas a las que estaba acostumbrada. En cierto punto, comencé a dudar de que la felicidad fuera alcanzable para mí, o incluso para cualquier otra persona. De pronto se convirtió en una abstracción simple para la cual yo era demasiado complicada. El panorama a mi alrededor se veía cada vez más oscuro y las oportunidades se cerraban a una supervivencia que no me dejaba espacio para nada más. Pensaba que cualquier forma de paz o satisfacción serían imposibles en un mundo tan injusto y doloroso. Conforme uno crece, se entera de más cosas que los adultos se habían encargado de disfrazar para no dañar la inocencia de la niñez, y para este conocimiento que nos hiere no hay vuelta atrás. Una vez que la verdad se conoce, es casi imposible ignorarla. Lo peor es que, la mayor parte del tiempo, es casi imposible hacer algo al respecto. Poco podría hacer para que la gente dejara de morir, por ejemplo, o porque la cantidad de desempleados siguiera subiendo.

Como siempre, hallamos formas de adaptarnos y la sensación de pesadez fue convirtiéndose en algo más. Todos comenzamos a acostumbrarnos a esta nueva forma de vida, y dentro de ella surgieron nuevas situaciones. Nuevas maneras de conocer a otras personas, nuevas maneras de trabajar, nuevas maneras de comunicarse e incluso nuevas formas de amar y de demostrar amor.

Hace algunos meses vi un video que explicaba una de las ideas del filósofo francés Jean-Jacques Rousseau, la cual dice que ‘‘debes cuidar tu propio jardín’’. En ella se explica cómo es que un poblador de una importante ciudad vive despreocupadamente a pesar de que el imperio que lo gobierna se cae a pedazos. Cuando le preguntan su opinión acerca de ello, se descubre que el hombre vive en total ignorancia acerca de la difícil situación y que solo se preocupa por su jardín y las hortalizas que en él cultiva. Rousseau reflexiona entonces que, para poder vivir en relativa paz y satisfacción, uno debe cuidar -solamente- de su propio jardín.

Este razonamiento hizo especial eco en mí, pues yo siempre había sido de la idea de que, aunque la ignorancia puede significar la felicidad, uno siempre debe de ir en búsqueda de más conocimiento. No me refiero a un conocimiento científico especialmente, sino de aquel que nos acerca a otras perspectivas y nos saca de nuestra individualidad, haciéndonos más solidarios. ¿Cómo podrían sufrir los demás mientras que otros vivíamos tan despreocupadamente? Interesarse por saber, es lo mínimo que podría hacerse.

Por todas estas razones, cuidar de mi propio jardín me pareció una cosa increíblemente egoísta. De cualquier forma y a pesar de la pandemia, la economía, el clima político y social adverso y de que aun en noviembre hacía calor, me sorprendí siendo feliz. Sin darme cuenta realmente y casi sin buscarlo, tenía independencia económica, una rutina que me gustaba y una estabilidad mental de la que quizás nunca había gozado. Tenía, sobre todo, amor y, aunque a veces me siga costando levantarme en las mañanas, no fallo en encontrar algún motivo para hacerlo.

Eso fue lo que se me fue revelado este año: la felicidad es posible dentro de tu jardín. También puede llamarse burbuja, puesto que la felicidad es una cosa muy frágil. Esto fue lo último que pensé estos días, la diferencia entre vivir en un jardín o una burbuja de felicidad, y encontré algunas diferencias fundamentales. La primera, es que un jardín requiere de trabajo. La tierra debe ser trabajada, se debe conocer la cantidad de agua y sol necesaria, se debe escoger qué es lo que se sembrará y, sobre todo, se debe tener paciencia. De igual forma, siempre puedes invitar a alguien a trabajar tu jardín. A diferencia de una burbuja -esta es la segunda discrepancia-, los jardines invitan a la colaboración y a un junte de esfuerzos por un bien común. En cambio, es imposible invitar a algo o alguien más a la burbuja sin que esta se reviente: una burbuja de bienestar siempre podrá contar solo con los miembros originales.

Ahora bien, cada quién decidirá qué tan grande en cultivos y colaboradores será su jardín. Habrá quien pueda ocuparse de rosas, pepinos, piñas y manzanos por igual, y otros que, como yo, puedan responsabilizarse solamente de unos cuantos árboles frutales.

 

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