Soledad y sacrificios
Han pasado seis semanas desde
la última vez que escribí, y me parece increíble lo mucho que ha
cambiado no solamente mi vida, sino la existencia misma.
Siempre, desde niña, he
hablado muy rápido, y ahora pienso que es porque mis pensamientos van más rápido
que mi boca. Con el tiempo he aprendido a calmar mi lengua siempre tan proclive
a tropezarse, pero nunca he sido capaz de domar la rapidez de mi cabeza. Siempre
había sido así, hasta estos últimos días en que la realidad parece aventajar la
capacidad de mi mente para procesar lo que sucede. Me cuesta aceptarlo aún,
pero la realidad es que he vivido momentos muy difíciles últimamente, y estoy
decidiendo cómo me siento sobre la marcha. Todo cambió muy rápido y no muestra
señas de dejar de cambiar, y como el cambio ha sido tan abrupto me deja con un
sentimiento de desequilibrio que me tiene inquieta casi permanentemente.
Sentirme inestable e incapaz de descifrar lo que estoy sintiendo me paraliza, y
cuando dejo de lograr cosas comienzo a sufrir por no sentir que estoy haciendo
lo suficiente. ¿Lo suficiente para qué? Creo que el problema principal es que
me he sentido insuficiente, rebasada por las circunstancias e impotente al
darme cuenta de que lo que puedo hacer es muy limitado.
Hace casi dos meses decidí
dejar de hacer cuarentena en casa de mis papás y regresar a Hermosillo. Para
eso, debía trabajar en algo, y las opciones son incluso más limitadas que
antes. También implicaba estar sola, vivir realmente sola por primera vez en mi
vida. Después de analizarlo durante algunos días, decidí hacerlo. Me sentía
estancada, sin hacer nada por mí ni por los míos, y vi en este cambio la oportunidad
de mejorar las cosas. Concibo esta mejora no como un camino sin tropiezos
-sabía que nada de lo que estaba por enfrentarme sería fácil- así que no
esperaba una recompensa instantánea. He descubierto que aprender y crecer conlleva
casi de manera obligatoria realizar sacrificios, y pensé que estaba lista para sacrificar
algunas cosas y así pasar a la siguiente lección que la vida tenía para mí.
Esta misma inquietud es la que me ha llevado a lograr lo poco o mucho que me he
propuesto, así que confié como lo he hecho otras veces.
Estar sola no ha sido la parte
difícil. Pasar el tiempo conmigo misma me da paz, y casi siempre encuentro
algún pasatiempo productivo que sí disfruto, como leer, pintar, andar en
bicicleta o limpiar mi departamento. Cuando estoy sola, disfrutando de mi
tiempo libre, logro aislarme en una burbuja de tranquilidad, donde los
disturbios de afuera no pueden hacerme daño. Pero no tengo mucho tiempo libre.
Trabajo prácticamente todos los días, entre las clases que imparto y mi trabajo
formal, y debo repartir mi energía mental entre todas mis responsabilidades que
a veces se sienten muy pesadas. A veces me parece increíble que tengo que
hacerme totalmente cargo de mí misma. Todavía no me hago a la idea, a
pesar de que todos lo hacen o lo harán en algún punto de su vida. Todos nos
repartimos entre escuela, trabajo, relaciones y nosotros mismos, pero en mi
caso y últimamente me ha costado bastante. Me ha costado adaptarme a un trabajo
que no me gusta y que en un principio me generaba un malestar casi físico. Me
ha costado mantener mis pensamientos negativos bajo control, y he batallado
como nunca para comprender que, muchas más veces de las que me gustaría, no
puedo hacer nada por remediar los problemas externos que, aunque me afecten directamente,
escapan de mi alcance. Lo único que me queda es controlar lo que yo siento, y
la verdad es que siempre he encontrado más fácil solucionar lo que no está
dentro de mí. El desafío ha sido enfrentarme a lo que soy ante lo que estoy viviendo,
y afrontar que en realidad todo ha estado en movimiento desde hace mucho. Me
cuesta creer que esto es suficiente y que debo resignarme.
También he vivido momentos de
clarividencia en que he creído descifrar lo que significan la felicidad y el
amor. Como suele ser, las cosas que necesitamos con el alma se nos revelan en
los momentos más inesperados de dolor y desesperanza. Durante estos días el
amor no me ha abandonado, e incluso se ha hecho más grande en su capacidad de
transformar la realidad. Lo cierto es que sigo siendo una persona
increíblemente afortunada, que tiene trabajo en medio de una pandemia y se siente
acompañada a pesar de estar sola. He tenido la oportunidad de empatizar con el
sufrimiento de otras personas, lo que me ha hecho recordar que mi presente no
es ni la mitad de difícil que el de otros. En épocas inciertas como esta no
queda más que vivir un día a la vez y valorar el propio esfuerzo de mantenerse
no solo a flote, pero también el esfuerzo de tratar de llegar a la orilla.
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