Esperanza y Control
En varias ocasiones he
escuchado que tener esperanza le resulta peligroso a quien la cultiva dentro de
sí, y estoy de acuerdo. Elevar las propias expectativas sin considerar la
realidad hace inevitable verlas derrumbadas ante el primer soplo de verdad. Y
no es que la realidad sea por definición siempre peor que lo que podemos
imaginar, pero por lo general fantaseamos con personas quienes simplemente no
nos quieren tanto, con logros por los cuales no estamos dispuestos a esforzarnos
o reacciones que sólo nosotros tendríamos, pero trasladamos a los demás. Todo
comienza con una idea simple, y de pronto ya hemos creado una realidad alterna
que tiene muy pocas posibilidades de materializarse. Estamos en camino hacia
una herida casi segura y autoinfligida. El problema principal, creo yo, es que
casi siempre imaginamos cosas que escapan de nuestro control. Imaginar y pensar
es el primer paso para idear un plan cuando se trata de nosotros mismos y de lo
que queremos lograr. En cambio, si imaginamos, por ejemplo, cómo es que cierta
persona se comportará basándonos en lo que queremos -y en lo que hemos visto en
comedias románticas- debemos también irnos preparando para sentirnos
traicionados. Considero que, a lo largo de mi vida, he logrado mantener una
visión quizá demasiado optimista sobre los demás, cayendo muchas veces en una
ingenuidad que me ha llevado a esperar demasiado de personas que me han
demostrado poco. No hay manera de conocer el futuro ni de tener en cuenta todas
las posibilidades. Si se piensa y si nos obsesiona la necesidad de controlarlo todo,
resulta bastante sobrecogedor. Ahora
bien, alguna solución debe existir para esta cuestión de esperanza y control.
Después de darle vueltas al asunto durante algunos días llegué a una conclusión
quizá demasiado sencilla: sólo puedo controlar lo que yo hago y lo que yo
soy, así que sólo puedo poner esperanza -sin tomar riesgos- en mí. Claro que se
puede tener esperanza y fe en asuntos ajenos-yo tengo decenas de eso-, pero mi enfoque en esta ocasión es otro.
Para tener esperanza en sí mismo se necesita ser bien observador del
presente y llegar a conocerse casi completamente. Considero que estoy construyendo
esas habilidades, y en estos días de cuarentena me he atrevido a pensar qué es
lo que espero de mí. Aunque he tenido varios retrocesos de diversa índole,
pienso que nunca he dejado de avanzar. Y eso espero de mí, nunca dejar de
avanzar. Espero nunca renunciar a mi mente, por más intrincada que a veces
parezca, pues es la que me ha llevado a un entendimiento cada vez mayor de lo
que soy y de lo que existe. Espero seguirme conociendo para así poder mejorar y
ser mejor para los que me rodean y para mí. Espero poder reconocer cada vez con
mayor facilidad las veces en que me he equivocado y las ocasiones en que debo callarme
para dejar que hablen los que saben más que yo. Deseo aprender a pedir perdón y
espero aprender a afrontar cuando alguien no está de acuerdo conmigo en lugar
de huir. Espero perseguir ambiciones cada vez más nobles y nunca dejar de lado
lo que en realidad quiero. Espero poder levantarme cada mañana sabiendo lo
fuerte que soy y cómo es que nada ha logrado vencerme hasta ahora. Espero
construir mi seguridad con base en lo que en realidad soy y no en fantasías del
ego. Espero conservar siempre mi sentido del humor para poder hacerle frente a
lo que sea y para disfrutar riéndome. Espero que mis prioridades se mantengan y
que si cambian se orienten siempre al bien de los que amo y me aman. Espero,
sobre todo, continuar con mi búsqueda de claridad a través del amor. Deseo nunca
alejarme del amor para que, con suerte y esfuerzo, algún día logre conocer las
respuestas a las preguntas que tanto me inquietan ahora. Ahora todo parece de aire,
pero si espero grandes cosas de mí es porque me conozco y me he cansado de
tratar de controlar cosas que obviamente me superan. Al fin y al cabo soy todo
lo que poseo, ¿por qué no convertirme en mi más grande empresa?
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