Autenticidad
Mucho se habla de sobre
lealtad y traiciones hacia otras personas. La lealtad a las que nos debería
conducir el amor verdadero, aquella que surge sin esfuerzos porque quien ama de
verdad no titubea ante la tentación. También se ha dicho quizá lo suficiente
sobre las traiciones y el dolor de sufrirlas; de los traidores y de los
traicionados; de redención y castigo. Entonces no creo necesario expresar mi sentir
al respecto. Hoy, en cambio, quisiera hablar de lo importante que es no
traicionarse a sí mismo y de las consecuencias que puede haber por no serle fiel
a quien somos realmente.
A lo largo de mi vida he escuchado algunas veces que nunca
terminamos de conocer a las personas, en especial después de que alguien ha
decidido convertirse en traidor. La maldad ajena y propia, al menos en mi caso,
es siempre una sorpresa. He descubierto que la mayoría somos capaces de cosas impensables,
pero la mayor parte del tiempo sabemos cómo somos, conocemos nuestras posibles
reacciones y, aunque a veces no se lo digamos a nadie, sabemos de la naturaleza
de nuestros deseos. Llegar a conocerse a sí mismo es un proceso larguísimo que
nunca acaba realmente y que a mí en especial me ha costado bastante. Esto me ha
llevado a traicionarme una y otra vez, lastimándome a mí misma en el proceso y
dándome cuenta solo después de haberlo hecho.
Creo que la autenticidad se manifiesta no solamente en
nuestras expresiones físicas como la apariencia y la personalidad, sino también
en nuestra vida interna. Aquella persona que vive de manera auténtica acepta,
para comenzar, sus propios pensamientos, sentimientos y emociones, y es capaz
de actuar en consecuencia en lugar de ignorarlos. Ya antes he hablado de cómo
es que me considero una persona vulnerable, pues mis sentimientos siempre han
sido muchos y mis emociones cambiantes, y sin embargo nunca los he ignorado, a
pesar de que puedan meterme en luchas internas. Últimamente he pensado mucho en
cuál de todos mis sentimientos vale la pena conservar, o siquiera en cuáles son
verdaderos. Con ser auténtico no me refiero a negarse rotundamente al cambio
simplemente porque ‘‘así soy’’, sino a aceptar lo que se es realmente y de ahí
partir, decidiendo si lo que se necesita es un cambio o quedarse igual. A veces
pienso que un cambio es necesario para mí, una reestructura que me permita
quedarme sólo con lo que me sirve. La verdad es que no tengo muy claro qué es
lo que necesito, pero sí sé qué es lo que no me ha servido a mí, y quizá a
muchas personas tampoco.
He conocido mucha gente a lo largo de mi vida y puedo
llevarme bien con todas, al menos superficialmente. Esto no es suficiente,
aunque sí valorado. ¿Quién no desea caerle bien a todos? Deseamos conexiones
auténticas con los demás, pero resulta muy difícil, y creo que es porque pocas
personas deciden mostrarse como son realmente. Pienso que siempre he sabido
cómo soy y, a pesar de eso, lo he transformado con tal de ser aceptada por
otros que, tal vez, tampoco le están siendo fiel a su esencia. ¿Por qué lo
seguimos haciendo? ¿Por qué seguimos en círculos de ‘‘amistades’’ con personas a
las que no conocemos y sólo vemos para hablar mal de otros? ¿Por qué nos
resulta fácil ignorar cuando algo se siente mal, como una contrariedad a
nuestra propia naturaleza, con tal de darle gusto a otros? ¿Por qué somos
capaces de quedarnos donde no somos felices? ¿Por qué nos permitimos ignorar por
completo lo que queremos con tal de no estar solos? No existe una única respuesta,
claro está, pero creo que puede reducirse a nuestra imperiosa necesidad de
aceptación y amor. Reconocer lo que necesitamos es el primer paso para delimitar
hasta dónde estamos dispuestos a llegar para obtenerlo, e igualmente para saber
reconocer cuándo estamos buscando al amor en los lugares equivocados. Como
muchas cosas en la vida, se trata de paciencia y de ser observador. También de
quererse lo suficiente para saber cuándo retirarse de un lugar o situación pues,
simplemente, no encajamos con todo y nuestra verdad.
La autenticidad se manifiesta en cosas sencillas como los
gustos en películas y música, pero también en cada una de las decisiones que le
van dando rumbo a nuestra vida. La fidelidad más importante que vamos a guardar
jamás es a nosotros mismos, a nuestra esencia y a nuestra bondad. No hay por
qué ser malos cuando en realidad deseamos las gratificaciones de ser buenos, ni
por qué fingir indiferencia cuando amamos. Quienes deban estar con nosotros lo
estarán, e incluso van a celebrar los rasgos de los que nosotros nos avergonzamos.
Lo ideal es que cada uno pudiéramos rodearnos de personas que, a través de su propio
respeto por lo que son, puedan respetar lo que hemos escogido ser. Somos
muchísimos, así que no debería haber problema. Es cuestión de empezar a develar
el alma y esperar. Ya habrá quiénes deseen de nuestra verdadera compañía y si no,
al menos tendremos la satisfacción de nunca habernos traicionado.
Comentarios
Publicar un comentario