2019 y el proceso de construirse a sí mismo
El año que finaliza es siempre
el momento ideal para la introspección. La mayoría de nosotros está de vacaciones
y además de que eso facilita que encontremos el tiempo de realmente sentarnos a
pensar, la perspectiva de algo nuevo inevitablemente nos hace pensar en
lo que dejamos atrás. Tendemos a organizar el tiempo por bloques, y un recurso
sencillo -y general- son los años. De otra manera, sería imposible ponernos de
acuerdo, puesto que todos vivimos experiencias distintas bajo perspectivas también
diferentes. Por ejemplo, yo considero que dejé de ser una niña hasta hace muy
poco tiempo, mientras que otras personas actúan y se sienten como adultos desde
una edad muy temprana. El tiempo es una cosa muy subjetiva y se pueden vivir
cien vidas en un solo mes, por lo que la existencia de los años nos ha
simplificado el proceso de pensar qué es lo que hemos aprendido y cuánto nos
hemos equivocado en cierto periodo de tiempo.
Este año aprendí muchas cosas,
quizá más de las que tuve la capacidad de procesar. Este fue un año difícil, pero
hasta ahora comencé a darme cuenta de ello. Como dije antes, el aprendizaje
disponible fue excesivo y en muchas ocasiones logró abrumarme. Conforme avanzó
este año, mis ojos y mi mente se fueron abriendo ante una enorme diversidad de verdades
en su mayoría dolorosas. Curiosamente no fueron los hechos en sí lo que me
hirieron, sino el sentimiento de no poder comprenderlos y de no poder
procesarlos, interiorizarlos o aprender de ellos. Esto terminó desencadenando
una dinámica extrañísima, donde podía apreciar que sentía, pues seguía siendo
capaz de llorar, gritar, reír y querer, pero no se sentía como si yo lo
estuviera haciendo. Parecía más bien como si observara todo esto desde lejos,
como si mi vida fuera un objeto de experimentación y yo solo estuviera tomando
notas en un laboratorio de donde quería escapar. Todo este tiempo quise
rescatarme y volver a vivir y sentir con todo mi ser, pero aún no encuentro
cómo hacerlo.
Hace poco tiempo llegué a la
idea de que todo esto duele tanto porque estoy aun construyéndome y es un proceso
que nunca va a completarse. Apenas estoy reuniendo los materiales, decidiendo qué
es lo que me funciona y cómo esto repercute en los demás. Decidir qué es lo que
en verdad creo yo, tratando de apartarlo de lo que se me ha impuesto a lo largo
de mi vida, es algo que ha ocupado mi mente sin descanso alguno. Adquirí el
hábito de cuestionarme cada una de las creencias, actitudes y costumbres no
solo mías, pero también de los demás, y la verdad es que mucho de lo que sucede
está mal, o simplemente carece de una razón de ser. Hallar qué hacer con
estos descubrimientos terminó por agotarme y hacerme huir hacia otro lugar. En
mi desesperación por aprender de todo esto, terminé por convertirme en
observador de mi propia vida, abandonando el rol de protagonista. En cierto
modo, es como ser víctima de un secuestro; un secuestro de consciencia. Todo esto
mientras aspectos prácticos de la vida como el dinero y la escuela y mis
relaciones no cesaban de existir, exigiendo mi participación. La verdad es que
la vida no puede ponerse en pausa para sentarse a pensar y tratar de comprender
nuestros pensamientos insalvables también por los demás, porque por lo general
nos es difícil siquiera comunicarlos por su complejidad.
Hoy leí que la fortaleza sólo
puede nacer de la debilidad; la fuerza no surge de la nada así sin más. Pienso
que, si ahora vivo algo tan complicado, es porque es quizá lo más importante,
el momento de reunir todo lo que se necesita para el resto del viaje. Todo esto
se siente como el inicio de algo notable, los momentos de confusión al
despertar después de una noche febril.
Los aspectos más cruciales de
mi vida siguen en su lugar, y por eso me encuentro muy agradecida. Sigo convencida
de que soy parte de algo mucho más grande que yo, y que la presencia
benefactora que se manifestó este año en mi vida nunca dejará de protegerme.
Confío en el tiempo y en que, así como se ha encargado de enredar todo, pronto lo
resolverá con una claridad tan apabullante que ni siquiera me dará margen para
pensar en ello.
Quiero dedicar esta entrada a
mi amiga Yoselin, que sabe que quiero mucho y siempre estaré dispuesta a
escucharla.
¡Feliz Año Nuevo! Muchísimas gracias
por haberme acompañado este 2019, espero verlos aquí el año que viene.
Comentarios
Publicar un comentario