Aprendizaje, fortaleza e inspiración


Hace apenas diez meses entré a la universidad. Eso me significó dejar la ciudad que fue mi hogar durante toda mi vida, pero no me importó tanto como dejar a mi familia. Mi familia, más que el lugar donde vivía, ha sido siempre mi hogar. Después de fantasear con la idea de irme a otra ciudad a estudiar esta comenzó a parecer sencilla, el siguiente paso lógico en la vida de muchas personas que, por cierto, habían todas superado. El tiempo se fue rapidísimo como todo el tiempo después de cumplir quince años, y pronto me encontré despidiéndome de mi mamá una madrugada de agosto. El dolor fue-y sigue siendo- como el de un desgarre interior, pero pronto pasó. Las primeras semanas me dejaron aturdida pero feliz, y en cuanto la novedad pasó la sensación de que había cometido un error comenzó a invadirme. ¿Qué necesidad tenía yo de abandonar mi vida así de pronto, sin ningún tipo de entrenamiento ni instrucción? Y es que, en un sentido práctico, es difícil administrar tu tiempo entre las tareas del hogar, la escuela y cualquier otra cosa que elijas hacer de tu vida si te sobra energía. Cuando iba a la escuela y vivía con mis papás, al llegar a mi casa me olvidaba de todo y todo el tiempo era para mí. Cocinar, limpiar o salir a pagar servicios jamás cruzaba por mi cabeza. De pronto te encuentras solo -o como yo, con tus amigos-, ante un cúmulo de responsabilidades que antes ni siquiera pensabas que existían. Es fácil dejarse abrumar. Es fácil dejarle a tu cuerpo sentir que el cansancio por levantarse muy temprano, estar casi todo el día en la escuela, cocinar y limpiar y pasar toda la tarde haciendo tarea es simplemente demasiado. Al final de mi segundo semestre seguía haciendo todas estas cosas, pero ahora también trabajando y yendo al gimnasio, siendo que los primeros meses me quedaba dormida en clase. ¿Qué fue lo que cambió?
Mucho más fácil es permitirle a tu mente sumergirse en la tristeza de estar lejos de quienes más quieres. Es sencillo sentir miedo al percatarte de que estando lejos, es poco lo que tu familia puede hacer por ti si te pasa algo malo. Te es fácil horrorizarte ante la idea de que ahora eres tú solo contra todo, en lugar de maravillarte de lo lejos que has llegado. A las pocas semanas de haberme ido, la persona con la que estaba me rompió el corazón. Una decepción amorosa lejos de tu familia es mil veces peor, se siente como si todos los días te dieran una paliza que te deja los huesos pesados y los músculos torpes. Para octubre me sentía al borde de un colapso nervioso, con la mente y el cuerpo agotados. Regresé con mis papás y después de contarle a mi mamá lo que había pasado entre lágrimas y ante un caldo de verduras regresé sintiéndome más lista. Aquellos dos meses fueron la primera prueba, y la había superado. Después conocí personas que me enseñaron muchas cosas, pero esa es historia para otra ocasión.
Me pregunto de nuevo, ¿qué fue lo que cambió? Aún me duele dejar a mi mamá, pero extrañar a mi familia dejó de paralizarme. Y el cansancio físico, por supuesto, se convierte en algo que pasa a segundo plano. Es difícil reconocer que todo que lo que nos enseña, fortalece o inspira duele por lo menos al principio. Una vez que lo interiorizas, el dolor deja de ser dolor y es fácil comprender que uno siempre está donde debe estar.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Rosita

Desmemoria

El sargazo de junio